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mayo 12, 2012

Fuentes, plagios descarados y taquiones I (Making-of VI).



Si me pusiera a contar las influencias literarias de la novela nunca terminaría. En Politeísmos el estilo, la forma, la cuestión meramente estética de cómo poner una palabra detrás de la otra van por un lado. La temática, por otro muy distinto. Y si bien la técnica narrativa bebe de dos mil millones de autores elevadísimos (aunque a estas alturas seguramente no se lo crean), el argumento, la trama, el asunto y el mensaje no. Me encantaría poder decir que el libro se gestó al amor de la lumbre del Ulises de Joyce y al socaire de la crítica de la razón pura y la crítica de la razón práctica, pero sería una mentira como una casa. Politeísmos no bebe de ningún texto que pueda citarse en una faja publicitaria, los que prestigian la obra y nos hacen sentirnos de lo más gafapastas. Falso. Las fuentes son de lo más peregrinas, vergonzosas a ratos, sorprendentes siempre. Yo, al menos, me he quedado a cuadros.

[Ando desempolvando cuadernos, rebuscando en los cajones, releyendo los chats que gmail conserva de modo automático y husmeando en los correos electrónicos enviados hace diez años desde cuentas que creía que ya serían fantasmas.]

Dije que era una historia antigua. Que la tenía anotada en boceto con quince añitos. Pero es que con doce también intenté escribirla. Y en los escasos folios que conservo mecanografiados, aquellos que rellenaba amorosamente tecleando sólo con los índices y disfrutando del tacatá, tan literario, de mi máquina de escribir Olympia, para mi completo asombro, también me la encuentro. Desnuda hasta la espina y repleta de gilipolleces infantiloides. Pero está ahí. No puedo negarlo.

Con diez años.

Me cuesta, de hecho, recordar algún cuentecillo mío que sea más antiguo que las primeras pruebas de Politeísmos. Las historias en el cuarto blanco tal vez sean más viejas. Es posible, pero no es probable, así que me he puesto a estrujarme la cabeza, intentando averiguar de dónde procedían los tres ejes arcaicos de la novela: la domesticación frente a la libertad, las amistades enfermas y las personas que son animalitos. Por dentro.

La respuesta facilona es que son universales del imaginario y que no vienen de ningún sitio en particular sino de todas partes. Que nadie se inventa una mierda.

Y aquí debería terminar el post con infinita discreción y elegancia. Suelto mi sentencia lapidaria, sonrío con suficiencia, efectúo un gesto seco de despedida con un movimiento chulo del dedo índice y el medio contra la frente y me doy media vuelta. Y me pongo una gabardina, de paso, para que el viento ondee las solapas. O mejor una capa. Más medieval y aristocrática.

Yo puedo ser muuuchas cosas, pero elegante, lo que se dice elegante, ni pizca. Y discreto, menos. Así que voy a caminar hacia atrás en el tiempo, descartando fuentes que cualquiera pensaría, de entrada, que habrían influido la novela en su concepción. Y voy a ir a las auténticas.

1. El lobo estepario, de Hermann Hesse.

Única influencia de Politeísmos que puede considerarse alta literatura. Ajem. Más o menos. Es una novela absolutamente sobrevalorada. No es una puta obra maestra. Cada cosa en su sitio. Está bien, vaya. La traducción de Manuel Manzanares la deja bordada. Hay que leerla de adolescente o le ves los truquetes y te encoges de hombros cuando la cierras.

[La cubierta es acojonantemente buena, por cierto. No tengo ni idea de dónde para actualmente su ilustrador, Manuel Gil, pero si me lo encontrara no podría evitar contarle mi vida con pelos y señales y que me faltó el canto de un duro para tatuármela en la espalda a tamaño gigante con diecisiete años, y si no lo hice fue porque no confiaba una mierda en las habilidades del tatuador para reproducir una movida tan jodidamente complicada y porque me dio un presupuesto que me dejó temblando. Es la polla. Hoy, me lo sigue pareciendo. ¿No veis una mierda? Miradla con atención: la textura de piedra de la parte superior, de canto rodado, de sílex arqueológico que se va tallando como si fuera un fetiche, un arma, un bastón de mando. El collarín del lobete, que parece hecho de los rastros de esquirlas y lascas, se asemeja a una concha marina. Las patas de árbol. El rabo insinuado. Las dos cabezas. La dualidad, dios santo... Ahí hay dos lobos. Uno tiene la cabeza redonda, gacha, los ojos descomunales y expresión sometida de resignación y de pánico. El otro está de perfil y la mandíbula dentada parece la de una calavera sonriente y malévola. Pánico, también: pero no en la expresión del lobo. En la nuestra.

Esta imagen me acojona de toda la vida de dios. Y yo no veía dos lobos. Veía a un lobo y a un perro.]

No me acuerdo de en qué momento leí El lobo estepario. Sé que me explotó la cabeza y me aprendí de memoria páginas enteras, así que debía de ser bastante pequeño. Doce o trece años, seguramente. Sí recuerdo como si lo estuviera viendo que por aquel entonces yo ya tenía mi historia en boceto y por eso me afectó tantísimo: porque era lo que yo quería contar y ya estaba hecho. Por suerte, se trataba de una metáfora, porque si no habría abandonado mi idea en el acto. Era un crío. Todavía creía que la originalidad existía y me daba un pudor inmenso pisarle una idea a un muerto.

Pero Harry Haller no era un lobo. No de veras. Era un burgués antiburgués inadaptado, sin más. Creo que era eso lo que tanto me jodía. Iba leyendo y me decía: “sí, sí, sí… pero”. Me gustó mucho el comienzo (tengo clavada la imagen de Harry Haller ante la puerta de la pensión, a oscuras, sin dignarse a saludar a la casera ni al panoli del sobrino, levantando la “afilada cabeza” y la nariz “olfateante”, olisqueando “en derredor” y sentenciando: “¡Oh! Aquí huele bien”: cito de memorieta y no me sorprendo al acudir al original y encontrar ese magnífico arcaísmo, delicioso, de un participio latino de presente: yo puedo olvidar argumentos y tramas, pero siempre, siempre, recuerdo las palabras. Si me impactaron). Me fascinó el aire de alucinación de todo el texto, pero me decepcionó terriblemente, en tiempos, que el protagonista fuera viejo. Y el final me entraron ganas de romperlo.

El motivo es evidente: aunque no fuera creada con tal intención, se trata de una novela juvenil —en serio— y el chaval que lee necesita identificarse con el muñeco. Si Harry Haller tiene casi cincuenta años, pues te cuesta. Por mucho que te mole su actitud de odio y desprecio contra el mundo y su tendencia al suicidio. Tan adolescente, por cierto.

Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa. Que discutan los inteligentes acerca de si era en realidad un lobo, si en alguna ocasión, acaso antes de su nacimiento ya, había sido convertido por arte de encantamiento de lobo en hombre, o si había nacido desde luego hombre, pero dotado del alma de un lobo estepario y poseído o dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico. No dejaría de ser posible, por ejemplo, que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso fiero e indómito y desordenado, que sus educadores hubiesen tratado de matar en él a la bestia y precisamente por eso hubieran hecho arraigar en su imaginación la idea de que, en efecto, era realmente una bestia, cubierta sólo de una tenue funda de educación y sentido humano. Mucho e interesante podría decirse de esto y hasta escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo estepario, pues para él era completamente indiferente que el lobo se hubiera introducido en su persona por arte de magia o a fuerza de golpes, o que se tratara sólo de una fantasía de su espíritu. Lo que los demás pudieran pensar de todo esto, y hasta lo que él mismo de ello pensara, no tenía valor para el propio interesado, no conseguiría de ningún modo ahuyentar al lobo de su persona.

El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas, una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacía daño a su compañero, es más, se ayudaban mutuamente, y en muchos hombres que han hecho buena carrera y son envidiados, fue más el zorro o el mono que el hombre quien hizo su fortuna. Esto lo sabe todo el mundo. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna.

Ahora bien, a nuestro lobo estepario ocurría, como a todos los seres mixtos, que, en cuanto a su sentimiento, vivía naturalmente unas veces como lobo, otras como hombre; pero que cuando era lobo, el hombre en su interior estaba siempre en acecho, observando, enjuiciando y criticando, y en las épocas en que era hombre, hacía el lobo otro tanto. Por ejemplo, cuando Harry en su calidad de hombre tenía un bello pensamiento, o experimentaba una sensación noble y delicada, o ejecutaba una de las llamadas buenas acciones, entonces el lobo que llevaba dentro enseñaba los dientes, se reía y le mostraba con sangriento sarcasmo cuán ridícula le resultaba toda esta distinguida farsa a un lobo de la estepa, a un lobo que en su corazón tenía perfecta conciencia de lo que le sentaba bien, que era trotar solitario por las estepas, beber a ratos sangre o cazar una loba, y desde el punto de vista del lobo toda acción humana tenía entonces que resultar horriblemente cómica y absurda, estúpida y vana.

Hermann Hesse. El lobo estepario.

No recuerdo gran cosa de lo que pasa en el libro. Hace ya muchos años. Pero hay algo que sí recuerdo: era casi lo que yo quería contar. Casi. La historia ya la tenía en mente.

¿Me influyó? Por supuesto. Seguramente más de lo que creo: lo sabré cuando vuelva a leerlo. Lo cierto es que si llevas dándole vueltas años a la idea de “personas que son animales” y, específicamente, a cómo sería un lobo si caminara a dos piernas, el párrafo de arriba te cae encima como una bomba H.

Es posible que Hesse tenga la culpa de que el lobo pasara de ser una chica a un tío, y de que sea joven. Cuando te cabreas con un libro porque no te satisface, porque no te dice lo que necesitabas que te digan, escribes contra él y lo rehaces.

Pero la fuente primaria de Politeísmos es anterior. Así que continuemos caminando hacia atrás como los cangrejos.

Y aquí llega la primera vergüenza:

2. El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel.

Bufffff… Este libro es muy malo. Ni siquiera es literatura. Es un producto artesanal bestsellario en el que puedes jugar a contar topicazos. Puedo precisar completamente cuándo lo leí porque lo conservo, y en la página de contraportada pone: 7ª ed., octubre 1989. Sé que me lo regalaron y lo contemplé con bastante asco porque el título no me llamaba ni pizca y la cubierta me pareció horrenda, con una muñeca esquemática de pintura rupestre tirando con arco. Tenía pinta de ir a ser un coñazo. Lo dejé encima de la mesa, a un lado, y continué a mi bola, fingiendo que estaba estudiando. Fruto del hartazgo, abrí la primera página y le eché un vistazo.

Cuando levanté la vista iba por las cien páginas.

Me lo devoré. Me obligaron a irme a la cama y me quedaban unas doscientas paginitas de nada, así que empleé el viejo truco de la linterna bajo las sábanas. Mi madre se lo conocía demasiado bien y siempre me pillaba infraganti cuando hacía la ronda a la una de la madrugada. A tomar por culo: me lo quitó.

Y ahí me quedé yo, fantaseando —por un lado— con el totemismo light de la novelita, tan puro, tan inofensivo, tan blanco y tan falso, con los espíritus animales que protegían a cada muñeco, con el chamán anciano que me molaba un huevo y —por otro lado— con las escenas de sexo explícitas que me trastornaban (con una prosa de novela rosa que tiraba de espaldas, que mis hormonas de punta no percibían y justificaban, con el aliciente de que te contaba una violación paleolítica de prehistórico erotismo natural y campestre, donde los varones le hacían un gesto despótico a la hembra, un “ven pacá, cordera”, y la muchacha, por sus santos cojones, se abría de patas, le apeteciera o no le apeteciera):

¿Qué podría obligarla a hacer? Aquí no hay nada que pueda mandarle traer. Espera… ahora es mujer ¿no? Pues hay algo que puedo obligarla a hacer. Broud le hizo una seña y los ojos de Ayla se abrieron muy grandes Era inesperado. Iza le había dicho que los hombres sólo deseaban eso de las mujeres a las que consideraban atrayentes; ella sabía que Broud la consideraba fea. Broud había pasado por alto la sorpresa escandalizada de Ayla, y su reacción lo animó y volvió a hacerle la seña, imperiosamente, para que adoptara la posición de modo que él pudiera aliviar sus necesidades, la posición del comercio carnal.

Broud hace uso de sus viriles derechos para regocijo del lector prepúber, en El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel.

[Cof cof cof. Una sociedad de poderosos machos matadores de mamuts que imponen su voluntad sobre las hembras esclavizadas que les guisan la comidita que cazan. Mi querida Jean M. Auel, se te ve el plumero. No estás haciendo una crítica feminazi: esto te pone, guarra. Tú, vainilla no eras. Tranquila que no pasa nada: todo escritor que se precie en algún momento de paja se escribe un fantaseo veloz para pelársela. Y luego lo borra, que la ropa sucia se lava en casa y no nos sacudimos el pinganillo delante de una audiencia que aplauda. Para escribir de sexo sin que resulte de traca hay que ser muy bueno, muy cabrón y con muchas vueltas: ir con precisión milimétrica y con el pajarito guardado dentro de la bragueta.]

La joven se sintió incómoda; sabía que debía someterse, pero se sentía turbada y Broud lo estaba disfrutando. Se alegró de que se le hubiera ocurrido; finalmente, había derribado sus defensas. Lo excitaba verla tan confundida y desconcertada, y eso le inspiró el deseo. Se acercó mientras ella se ponía de pie antes de arrodillarse. Ayla no estaba acostumbrada a que los hombres del Clan se acercaran tanto a ella. La fuerte respiración de Broud la asustó; la joven vaciló.

Jean M. Auel continúa deleitándonos, en El clan del oso cavernario.

[Y lo dejamos aquí, corriendo un estúpido velo, porque la autora emplea un vocabulario que hiere mi sensibilidad y me escandaliza: suelta obscenidades como “pene”, “órgano” y “miembro”. La gente decente, de buena crianza, pronuncia polla. Con todas sus letras.]

… aunque podría rematarlo indicando que la escena se ve ornada y engalanada con un sujetador wonderbrá de piel de leopardo incorporado:

No había cazado mucho después de desarrollarse plenamente como mujer, y los senos pesados que oscilaban a cada paso la fastidiaban cuando corría o brincaba. Observó que los hombres llevaban un taparrabos para proteger sus órganos delicados, y se hizo una banda para sostener su pecho en su sitio, atándola a la espalda. Era más cómodo para ella, y no tomó en cuenta las miradas curiosas que le echaban cuando la llevaba puesta.

Catálogo de ropa interior y tendencias de verano del año 37.000 a.C. Jean M. Auel, El clan del oso cavernario.

Ay, dios. Me parto.

¿Influencias? Pues lo más curioso es que sí: un huevo. Me cabreó lo indecible el librito de la superwoman paleolítica, rubia y de rasgos “finamente cincelados” (sic.) a la que los neandertales llamaban fea. Tanto, tantísimo, que por esa época comencé a leer chorropocientos libros de religión, folclore y mitología. Era un tema que siempre me había molado, pero en ese instante no buscaba recopilaciones de mitos modernizadas con dibujitos flipados ni tebeos del Thor de la Marvel, sino manuales técnicos y didácticos. Averigüé lo que era eso, que hasta ese momento los libros se dividían en mi imaginario en novelitas y en libros de texto para el colegio. Justo lo que yo buscaba: mi libro de matemáticas, pero que tratara de mitos. No lo encontraba, así que me lo fui construyendo con mucho esfuerzo, fotocopiando páginas. Me zampé cosas muy raras. Y no los leía por entretenimiento, sino por orgullo, por pura rabia. Por principios: a mí no me pisaba la historia una señora que escribía novelas rosas. A ver quién ganaba. Fui investigando con un método concienzudo autodidacta. Primero me jamé la media balda del tema que había en la biblioteca de mi barrio y me copié la bibliografía para registrar otras bibliotecas más lejanas. Cayeron en mi poder textos universitarios de los que no entendía una mierda, pero me apuntaba en mi cuaderno los mejores párrafos y los tecnicismos que no estaban en el puto diccionario: “ctónico”, “apotropaico” o “metempsícosis”. Tardé años en averiguar lo que eran. (No había internet, lo cual es asombroso: no sé cómo éramos capaces de sobrevivir sin suicidarnos.) Me convertí en un pequeño —muy pequeño— experto en la materia. Por si se lo estaban preguntando, la respuesta es no: no tenía yo mucha vida social con doce años. Más bien cero. Era el chico callado y religioso que al final mata a todos sus compañeros, como dicen en Los Simpson.

Así supe que el totemismo no se lo había inventado nadie y que, por tanto, yo tenía todo el derecho a escribirlo. Y hasta a practicarlo. Qué pasa.

Porque yo de pequeñito creía. Así, en todo, en general. Siempre he tenido el cerebro correctamente amueblado para la irracionalidad y el pensamiento mítico. Porque escribo. Porque invento. Porque creo, en todas sus acepciones léxicas. Porque me faltan unas cuantas tuercas, tengo demasiado separados los hemisferios del cerebro, hipertrofiado el parietal y el hipotálamo dando saltos o padezco de una alteración de la personalidad que se traduce en exceso de imaginación, melancolía y neurastenia: me la pela. Creía en la magia, en lo sobrenatural, en la caterva de dioses que censuraba Agustín de Hipona. Y en animales de poder, también. Creía, o imaginaba, o jugaba a que era cierto.

Precisaré mi respuesta si me explican dónde está la diferencia.

 

Desde el faro,

Al

Álvaro Naira © 2012

 

PD: Hoy no hay puchero. Me da una pereza terrible enumerar fricadas que sé, positivamente, que no le interesan a nadie: ni siquiera a mí, que estoy metido en otra novela, aunque no sea de lleno (más quisiera), y Politeísmos no es que me la sople —eso es imposible— pero sí que me importa mucho menos. De hecho, me planteo a ratos qué cojones estoy haciendo resucitando un libro muerto y perdiendo mi valioso tiempo, que debería ser empleado en producir textos nuevos.

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