mayo 14, 2012

Politeísmos. (El lobo omega, capítulo III.) Entrega 07.

 

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—Tú no estás con el hombre —contestó Rebeca en su lugar con sosiego—. Tú eres un lobo que camina a dos piernas.

Él se la quedó mirando con fijeza. La chica se encogió de hombros.

—¿Me equivoco?

Álex apartó los ojos de la gata y paseó el índice por el morro húmedo de la botella. No contestó.

Espero que no.

—Entonces… —comenzó la graja con cautela— si tú eres el lobo… ¿tu labor no es matar el alma humana que comparte cuerpo contigo?

Él se chascó los nudillos.

—Ésa es la idea. Pero dicho de tu boca suena de lo más ridículo. Perdona que te lo diga.

—Pero a ver… —dudó Mónica—, si crees que es así…

—No lo creo. Lo sé.

—Si sabes que es así… ¿por qué no has…? Ya sabes, acabado con todo.

—¡JA!

—Te lo estoy preguntando en serio. ¿Por qué no te has suicidado? Si sabes que es así, si estás absolutamente seguro de que tienes una misión que cumplir y que cuantos más humanos mates, mejor… ¿Por qué no has acabado con el cuerpo que tienes?

—Qué tontería. En primer lugar, con lo que hay que acabar es con el alma.

—Entonces, ¿nunca has intentado…?

—¿Matarme? Qué pesadita estás, ¿eh? ¿Te mola eso? ¿Es que tú eres de las que se cortan un día sí y el otro también? ¿Te dedicas a jugar con cuchillas? Estás en la edad —comentó con una sonrisa venenosa, que acabó por caérsele. Dio una calada inútil: el pitillo no tiraba. Volvió a encenderlo, manteniendo la vista fija en el mechero—. Yo también he tenido diecisiete, aunque no lo admita en público.

Mónica, que ya estaba más que borracha, tuvo una explosión de afecto hacia sus semejantes, de necesidad de desnudarse el alma y mostrarse vulnerable. Tragó saliva, se quitó la muñequera de cuero con pinchos que llevaba en la mano izquierda y le mostró una cicatriz rugosa y rojiza, reciente, no blanca. No tendría más de seis meses.

Álex no se sintió impresionado. Le cogió el brazo y recorrió con el dedo una línea desde la muñeca hasta el codo.

—La próxima vez, princesa, corta a lo largo. Ya verás como no fallas.

Rebeca miró para otro lado. Los vapores alcohólicos llevaban un rato echando un tufillo a confesionario, así que decidió abrirse también.

—Yo también me cortaba —admitió—. Pero no estoy segura de que fuera para matarme.

Él bufó.

—Nunca es para matarte. Si te quieres matar, abres la ventana y saltas.

—Era para hacerme daño. No es que me gustara, pero quería sentirlo. No puedo explicarlo. Todavía me pasa a veces. Pinchaba muy fino, sólo para sacar el hilito rojo. Aún tengo alguna marca, pero casi no se ven.

—Claro. Cuantas más cicatrices tengas, más presumes ante tus amigos. Decid que sí. Qué poco cambian las cosas… Algunos crecimos y nos dimos cuenta de que lo que pasaba es que nos iba la marcha, así que nos dedicamos alegremente a practicar el sadomasoquismo sin complejos y sin tanta gilipollez.

—¿Tú también te cortabas?

—Venga ya.

—Anda, admítelo. No saldrá de aquí.

La risa que le estaba entrando empezaba a sonar levemente histérica.

—¿Qué, ahora los tres nos quitamos la camiseta y nos contamos las marcas a ver quién gana en torturado? Si luego van los pantalones y las bragas a lo mejor os digo que sí.

—Vale —aceptó Mon, medio en broma medio en serio—, pero primero contesta.

Él apretó el cigarro entre los labios en una sonrisa mordiente.

—Yo cogía el cúter y jugaba al tres en raya en las palmas y los antebrazos y a unir los puntos con los lunares, a ver qué figuritas me salían dibujadas con la sangre.

—¿Va en serio?

—¿Sabes una cosa? Nunca lo sabrás.

—Pues entonces no has cumplido —se rió Mónica—. Así que me parece que no nos desnudamos.

—Disculpa si no me echo a llorar —levantó el ron y dio otro trago.

—Estoy pensando una cosa, Álex… —empezó Rebeca, negándose a rendirse y a pasar del tema religioso al personal—. Si de lo que se trata es de matar humanos, ¿por qué no coger una recortada y liarse a pegar tiros en medio de un centro comercial?

Él la miró con una mueca burlesca. “No me des ideas…”, respondió, pero enseguida adoptó una expresión severa.

—Con eso no se arregla nada, princesa; incluso puede que al contrario. Imagínate que matas a un tipo en el que no vaya ganando el animal sino el hombre… Se acabó lo que se daba y otra vez a empezar desde cero: el humano se escapa tranquilamente a nacer en otro cuerpo sin que el dios pueda comérselo. Además, no venden recortadas en las jugueterías —dio una calada—. Y nadie en su sano juicio me vendería a mí un arma.

—Pues no sé si es porque estoy pedo, pero no lo pillo bien del todo. Entonces el animal y el hombre luchan durante la vida, ¿no es eso?

Él se encogió de hombros.

—Te haría un diagrama, pero estoy borracho; como para ponerme a pensar. Búscate otro gurú, ¿de acuerdo? Hay mogollón de gente en esto. ¿Qué? ¿No te lo crees? Te juro que es cierto. Haz una búsqueda por internet. Hay muchos más en ello de los que podáis imaginar, pero la mayoría no sabe por qué. Es una época fabulosa, cuando aún no sabes por qué. Cuando todo tiene la estética de un videoclip. Tú eres un animal, y tienes su fuerza por dentro. Puedes hacer cosas que otros no pueden. Puedes manipular acontecimientos con una simple petición, que pone a tu dios a tu servicio. Es como si lo vieras salir de tu cuerpo, atado por cuerdas que lo anudan a tu alma, dispuesto a lanzarse como una flecha contra la de tu enemigo. Caza para ti. Mata para ti. Se ocupa de ti. La gente que piensa así los llama tótems o naguales —se estiró las ojeras hasta las sienes con las yemas de los dedos. Su cara mostraba el más profundo agotamiento, por fuera y por dentro—. Ojalá. Qué simple, qué egoísta y qué humano. Ésa es una religión para críos de cuatro años, que aún no han pasado del pronombre “yo” al “tú”. Hay mucho subnormal en eso. Se los reconoce por su ñoñería extrema, porque hablan de “animales de poder” y llevan camisetas cursis con la imagen de los que creen que son sus dioses, que siempre resultan, misteriosamente, poderosos superpredadores con alguna connotación mitológica o fabulosa. No te encontrarás a un tipo de éstos que diga que es un conejito o un gorrión, no. Wiccanos —se bebió de una vez todo el contenido que le quedaba en el vaso y lo llenó de nuevo—. Puto paganismo descafeinado. Si al menos hicieran sacrificios y pintaran las paredes con sangre y con esperma podría tenerles un respeto, pero su ritual más temible es la receta de las galletas de jengibre —Rebeca cambió el gesto, dispuesta a rebatirle—. Ah, sabes de qué hablo. Pues aléjate de ese hatajo de retrasados, princesa.

—Álex, no digas tonterías. Yo he visto cosas. Yo he hecho cosas. Ritos, y funcionan. ¿Y el lobo qué es? Dime un animal más místico que él. Vale, el gato. Pero dime otro. Deja de tirar piedras contra tu propio tejado.

—Joder, olvídate del lobo hermanita de la caridad, pintado en tonos azul pastel con purpurina y una india al lado. El lobo es un bicho salvaje, hirsuto, sucio, que apesta a monte, a sangre y a tierra. Se cepilla en un solo ataque hasta sesenta ovejas. Es un animal real, princesa. Real. No es sobrenaturalmente rápido, y los solitarios se mueren de hambre hasta que se les ondulan las costillas. Cualquier presa corre más que él. Al lobo le salva la resistencia y la cabezonería, el saber hostigar al trote lobuno estremecedor, que parece jodidamente fácil, como si no les costara una mierda caminar así, pero van bastante deprisa, ¿sabéis? Y durante horas, sin cansarse, días enteros. Es un cazador de acoso, no de acecho. Gana por puro aguante y por número. Lo ves venir; no sorprende a traición, sino que persigue hasta que agota a la presa. La manada va detrás hasta que la hace caer reventada con los ojos desorbitados y la lengua fuera llena de baba. Pasan a su lado y le pegan con el rabo en las patas. Hacen turnos para correr, unos se echan en la hierba alta y esperan a que los demás la empujen contra sus dientes. Cierran el círculo con la carne en medio siempre en sentido contrario a las agujas del reloj, porque así están hechos. Entre todos la despedazan, pero zampan bajo rigurosa y feroz etiqueta protocolaria —los ojos le brillaban atrozmente mientras hablaba, como si estuviera reviviendo la matanza—. Qué cosa más útil es el instinto, joder. Como lo de dar vueltas antes de echarte, sacudir la cabeza para rematar algo y partirle el cuello, enterrar la carne que no te has comido, rascar con las patas después de cagar, tirarte panza arriba si te viene un tipo con malas pulgas, chupar la teta de tu madre y hacerte la rosca con el rabo para que, al dormir, la nieve caiga sobre ti y te haga de manta. Ésa es la pura verdad. El lobo es eso, que no es poco. No es ningún demonio, ni un ángel. Límpialo de hojarasca. Para la gente de pueblo es un ser maléfico, una criatura nocturna, que huye con el tercer canto del gallo como los vampiros. ¡Joder! Si el lobo ni siquiera ve de noche como los gatos. Si no hay luna, se hostia como tú y como yo. Dicen que tiene un poder casi mágico para acojonar, cuando lo cierto es que el que se asusta del hombre es él. Que si licántropos, que si antropófagos: lo que somos es competidores, y el hombre siempre les da otro nombre a las cosas que teme, como si así pudiera alejarlas. A pocos animales les han echado más mierda mítica encima que al lobo… Están al puto borde de la extinción por culpa de eso. Cuando desaparezcan por completo, muchos pensarán que nunca existieron; que fueron una leyenda —aplastó en la lata de cerveza el cigarro, que casi se le había consumido en un largo cilindro de ceniza—. Dicen que se zampa a las novias antes de la boda y roba a los niños en la cuna. Me encanta la idea, pero la verdad es que es una mentira como una casa. Y yo me parto cuando leo que caminan en fila india y se pisan sus huellas para ocultar su número. Joder, camina en fila india porque no es gilipollas, y es más sencillo correr por la nieve pisada que a campo traviesa, y el macho alfa, que es el que está mejor alimentado y tiene más fuerza que los demás, va en cabeza destrozando la escarcha y el hielo con las patas para permitir que le sigan los suyos más fácilmente. Y no le canta a la luna, no me jodas, sino que ejecuta un acto social para acojonar al bosque entero y darle cohesión a la manada. Aunque es cierto que entona, el cabrón. Es de lo más polifónico. Si los ves aullando te dan una envidia de la hostia. Parecen las criaturas más felices y anchas del planeta, como si no hiciera falta otra cosa más que cantar suficientemente alto, suficientemente fuerte, rodeado de tu gente y frotándote el pelo áspero contra el lomo de tu hembra, para sentirte el amo del mundo.

Las chicas intercambiaron espléndidas sonrisas. Le habían estado escuchando con la atención y el apasionamiento del contagio. No habían abierto la boca en todo el monólogo vibrante.

—Te flipa tu dios, ¿eh? —preguntó Mónica sonriente, tras esperar unos segundos por si seguía.

—Me parece la polla, sí —Álex parecía haberse desinflado—. Pero no por lo que dicen los wiccanos. ¡Rezar a tu animal! ¡Pedirle cosas! ¡Usarlo! Eso es una estupidez. Una inmensa gilipollez. Todo mentira.

Rebeca se estiró felinamente.

—No es mentira y lo sabes —echó alcohol al vaso y se lamió los dedos viscosos de ginebra—. A mí no me engañas, lobo. Funciona. Yo llevo dentro menos de tres semanas, y he logrado lo que no había conseguido en más de un año que llevaba probando con otras magias.

—Otras magias. ¿Velitas, inciensos, sal gorda y lacitos de colores?

—No te burles de lo que no entiendes.

A él se le desencajó una carcajada violentamente humillante, que consiguió que la chica enrojeciera.

—Álex. Funciona —le amenazó con la voz inflexible, aunque tuviera las orejas coloradas.

Él frunció el ceño.

—Cojones, si desatas a tu dios claro que funciona. Ya lo sé. Y mejor que tú, que soy más viejo. Pero ahora en serio: no debes utilizar a tu animal. Nunca. Se supone que… tú eres el animal, joder. No debes dejar que te utilicen. Es una cuestión religiosa. Lo llevas ahí; escúchalo. Pero no lo uses. Hazme caso; si lo haces le das poder al alma del hombre que llevas también dentro.

­—Pero…­ —intervino Mónica.

—¿Pero qué?

—No sé si lo he pillado, pero… Verás, si no lo utilizas… ¿No se acabará durmiendo? Ya sabes. Dejará de actuar y será el hombre el que tome el control.

La miró con expresión de asombro.

—Joder. No lo había pensado así. Si tienes razón es como para golpearme la cabeza contra una pared, porque llevo toda mi puta vida rompiéndome por dentro y destrozándome en creer sin usarlo, porque si lo utilizo, lo domestico —le entró una risa nerviosa que ahogó en la ginebra. Habló con la voz muy ronca—. Si lo uso, si le pido cosas, si consigo que me traiga la pelota…, lo estoy haciendo perro, y maldita sea si no es eso lo que me da más miedo.

­—¿Por qué? —preguntó Mon—. ¿Qué pasa con el perro?

—El perro es un lobo dócil, joder. Desde el mastín hasta el chihuahua. El lobo fue el primer animal que se domesticó en la prehistoria. ¿No lo sabíais? ¿Qué coño os enseñan en el colegio?

—Venga, hombre. No me lo creo. ¿También el chihuahua viene del lobo? ¿Y el caniche? ¿Y…?

—Y todas las razas que se te ocurran. También el caniche es un lobo, sí. Le han pasado quince mil años de domesticación por encima como una apisonadora, pero es un lobo. Uno neurótico, contrahecho, atrofiado, grotesco y repugnantemente humano.

­—Entonces… —Mónica inclinó la cabeza—, si lo he entendido bien…

—¿Qué?

—Que la culpa de todo es del lobo; fue el primer domesticado, el primero que cayó en la tentación y se acercó a la hoguera del hombre —a Mon se le encendieron los ojos y la sonrisa. Sólo le faltó batir palmas de la emoción—. ¡Es el puto Lucifer del panteón!

Álex silbó largamente.

—Niña, tú estás fatal. Deja de beber, anda.

—¡Tengo razón! Luego ya se domesticaron los demás, ¿no? Si dices que el problema está en que el hombre se cargó el equilibrio y empezó a alterar el ecosistema, está claro que el primero que lo sufrió fue él, el que lo provocó fue él. El Primer Caído.

Rebeca levantó las cejas.

—Su Satánica Majestad —añadió muy divertida.

—Sí, Mick Jagger. No te jode —gruñó él.

Las chicas explotaron en carcajadas, aunque estaban pensando en un cantante más reciente y más grotesco.

—Hostia, de verdad. “Primer caído” —repitió Álex, no sabiendo si reír o llorar—. Es perfecto para megalómanos. Si vas a ser un pecador, sé el más grande, ¿no? Si tienes que tener la culpa de algo, que sea La Culpa con mayúsculas.

—Te pega mazo, Álex —articuló Mon entre la hilaridad.

—Que te den por culo. Puta la gracia que tiene, en el fondo —hundió el pecho, siendo perfectamente consciente, pese a las brumas espirituosas, de que la situación era caricaturesca, y su mayor ridiculez consistía en que podía suscribirla al cien por cien, que era así como pensaba, que era eso en lo que consistía, y que no podía más, que tenía unas ganas enormes de abandonarse y de llorar como una niña o de ponerse en pie y empezar a romper botellas contra los pocos muebles que tenía. Apretó los dientes—. Joder. ¿Crees de verdad que sin el perro el hombre podría haber controlado al ganado? ¿Quién se lo recoge? ¿Quién lo mete en el redil? ¿Quién lo saca a pastar y cuida de que no se disperse? Es por el perro. Si la humanidad no hubiera tenido carne doméstica para sacrificar cuando le apeteciera, no habría podido crecer en número y empezar a cultivar y a modificar el medio hasta cargárselo por completo. Oh, dios… Si tuviera el poder de ejecutar mis deseos… Si pudiera aniquilar a la especie entera con sólo apretar un botón y dejar limpio el planeta de mierda… Entonces sí que me pegaría un tiro y así todo se quedaría con su jungla y con su tigre, con su bosque y con su ciervo y sin el ser humano, tan jodidamente ridículo a sus dos putas patas y sin pelo en el cuerpo. Les prendería fuego, de paso, a todos los primates para evitar la posibilidad de que apareciera otro bicho con esa absurda capacidad de pensar hacia atrás y hacia delante y de ponerse ropa encima. Os juro que lo haría si pudiera —levantó el vaso como haciendo un brindis y se rió sin humor—. Por suerte para la humanidad, no me ha tocado ser científico nuclear ni presidente de los Estados Unidos de América.

—Álex. Yo también pienso así —asintió Mónica alzando la bebida para entrechocarla—. De verdad.

Él reventó en risas. No acercó su copa.

—Lo pongo seriamente en duda, princesa.

—No, en serio. Te lo juro. No era capaz de ponerlo con palabras, como tú, pero creo que el ser humano es un error de la naturaleza.

Rebeca estaba considerando la idea con intensidad.

—Pero la Naturaleza no se equivoca…

—La naturaleza no piensa —zanjó Álex—. No empieces a hablarme de Gaia que me entran arcadas.

Y así era, no sólo por el tema de conversación. Intentó hacer recuento de lo que llevaba encima: una botella de whisky —joder—; una cerveza —contó—; algo de ginebra —poca—; copa y pico, largo, de ron…

—Oye, se me olvidaba… —intervino Mon.

—No, princesa. No vamos a quitarnos la ropa y contarnos las cicatrices, lo siento, por mucho que te ponga.

—Imbécil —se rió mientras se ponía muy roja—. No es eso. ¿No puedes hablar en serio un rato?

—¡Joder! Llevo haciéndolo toda la puta noche. Venga. Dime.

—Álex, yo lo que no entiendo es por qué no te suicidas.

—Verás —adoptó un tono paciente—, tienes que comprender que no a todo el mundo se le pone dura cuando piensa en meterse el cañón de una pistola en la boca. No seas intolerante y respeta a los que no somos como tú.

—Vete a la mierda —respondió sin dejar de reírse— ¿Por qué no me contestas? Lo entiendo todo, estoy de acuerdo y me parece la hostia —bajó la mirada y se llevó la palma de la mano derecha al corazón, como si estuviera recitando el Yo confieso cristiano—. Álex. Yo creo. Pero hay una sola cosa que no encaja: ¿por qué no te matas y vas a por otro cuanto antes?

Él jugueteó con el tapón de una botella. Echó el aire de forma silbante. Esquivó la mirada de las chicas, que tenían los ojos fijos en su figura, como si él fuera todo su universo. La cabeza le daba vueltas, pero aún tenía vagamente el control. Podía callarse si quería. No tenía por qué responder a eso.

—Porque tengo miedo —admitió al final. Mónica le contemplaba con una sonrisa amistosa de comprensión que le tocó la moral profundamente—. No, no es por lo que crees. Qué cosa más fácil que abrir una ventana y tirarse, no jodas. Se acabaron todos los problemas. Pero si yo me matara ahora… No estoy seguro de quién ganaría. ¿Y si gana el hombre? ¿Y si he domesticado al lobo que llevo dentro? ¿Y si yo no soy el animal? ¿Y si el dios es el otro, el que me devora? ¿Por qué lo trato en tercera persona, como si yo fuera el hombre? ¿Y si…? —las contempló y suspiró. Hundió los hombros—. No lo entenderíais. Con la edad, toda la miserable humanidad va saliendo a flote, y las ideas de libertad, independencia, moral, caza, comida, apareamiento, se complican, y ya no se puede ser tan puro como entonces —sacó un pitillo y se frotó los ojos—. No sabéis la suerte que tenéis. Estáis en vuestros años brillantes, de los quince a los veinte, en que todo es claro como la luz, en que todo tiene sentido, todo es blanco o negro y todo está colocado en su sitio. Luego se enturbian las cosas y se mezclan. Cuando estaba en el instituto, yo era el lobo. Estaba clarísimo. Ahora… no estoy seguro —encendió el cigarro, pero le supo a cartón mojado. Se obstinó en fumárselo, pese a la saturación de nicotina de sus pulmones y garganta—. Me está matando por dentro dar la talla. No domesticarme. No puedo hacer nada, sólo rezar… No: rezar es usarlo, es utilizar algo elevado para propósitos mezquinos —se contradijo en un murmullo rápido—; ni siquiera rezar puedo… Sólo me queda desear que el lobo siga dentro de mí, grande, glorioso y lleno de rabia contra el ser humano. Pero ya no lo siento. Tengo que obligarme. Además… cabe la posibilidad de que esté luchando en el bando equivocado… Quiero decir; ¿dónde está mi conciencia? ¿Y si yo no soy el lobo? ¿Y si no soy más que el hombre miserable? ¿Y si no soy yo el que seguiré y me sobreviviré, el que atacaré a otro…? Ya no tiene tanta gracia, ¿verdad? Algo que te da fuerza acaba por devorarte. Ya no es reconfortante; es perturbador —aspiró el humo y dejó colgando los brazos sobre las rodillas—. No me importa. Aunque sea por orgullo, creo. Creo aunque me destroce. Una cosa es cierta: yo detesto a todos mis semejantes y lucharía hasta la muerte porque desaparecieran de la tierra. Si soy el hombre, rindo el cuello para que me lo rompa a mordiscos. Si soy el lobo, bendito sea.

Levantó la cabeza y las observó con atención por vez primera. Ellas se lo estaban bebiendo igual que el alcohol, con los ojos dilatados por los estupefacientes y la sensibilidad tan tierna y abierta como las pupilas.

—Joder, Álex. Es la polla —declaró Mónica emocionada—. Es precioso, tío. ¿Y tú dices que no sabes si eres el lobo? A mí me parece que está clarísimo.

Le cruzó la cara un rictus de desagrado, como una corriente eléctrica. Se revolvió. Con el entendimiento tan pastoso como la voz, se preguntó de pronto qué estaba haciendo ahí vomitando sus demonios. Las chicas reían entre ellas y compartían un cigarro en lugar de encenderse uno cada una. Mónica admitió que iba fatal y que debería ir al baño para bajarlo.

—Estoy haciendo el gilipollas… —dijo Álex de pronto, sin venir a cuento.

Se incorporó como una marioneta que levantan con cuerdas y se cayó contra la pared. Con una mano palpando el muro, cogió el pomo y salió sin dar más explicaciones. Después de echar una meada interminable, se lanzó sobre las sábanas.

—¿Álex?

Él cerró la puerta de una patada desde la cama.

Cuando despertó, la cabeza le palpitaba sordamente, la luz daba de pleno y las niñas ya se habían marchado. Le habían dejado una hoja de cuaderno con unas palabras de agradecimiento —gracias por todo en caligrafía redonda e irregular— debajo de una botella nueva de J&B. Al ir a guardarla se cayó el papel al suelo, y vio que habían escrito la nota en la parte de atrás de la ouija.

 

© Álvaro Naira

 

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mayo 12, 2012

Fuentes, plagios descarados y taquiones I (Making-of VI).



Si me pusiera a contar las influencias literarias de la novela nunca terminaría. En Politeísmos el estilo, la forma, la cuestión meramente estética de cómo poner una palabra detrás de la otra van por un lado. La temática, por otro muy distinto. Y si bien la técnica narrativa bebe de dos mil millones de autores elevadísimos (aunque a estas alturas seguramente no se lo crean), el argumento, la trama, el asunto y el mensaje no. Me encantaría poder decir que el libro se gestó al amor de la lumbre del Ulises de Joyce y al socaire de la crítica de la razón pura y la crítica de la razón práctica, pero sería una mentira como una casa. Politeísmos no bebe de ningún texto que pueda citarse en una faja publicitaria, los que prestigian la obra y nos hacen sentirnos de lo más gafapastas. Falso. Las fuentes son de lo más peregrinas, vergonzosas a ratos, sorprendentes siempre. Yo, al menos, me he quedado a cuadros.

[Ando desempolvando cuadernos, rebuscando en los cajones, releyendo los chats que gmail conserva de modo automático y husmeando en los correos electrónicos enviados hace diez años desde cuentas que creía que ya serían fantasmas.]

Dije que era una historia antigua. Que la tenía anotada en boceto con quince añitos. Pero es que con doce también intenté escribirla. Y en los escasos folios que conservo mecanografiados, aquellos que rellenaba amorosamente tecleando sólo con los índices y disfrutando del tacatá, tan literario, de mi máquina de escribir Olympia, para mi completo asombro, también me la encuentro. Desnuda hasta la espina y repleta de gilipolleces infantiloides. Pero está ahí. No puedo negarlo.

Con diez años.

Me cuesta, de hecho, recordar algún cuentecillo mío que sea más antiguo que las primeras pruebas de Politeísmos. Las historias en el cuarto blanco tal vez sean más viejas. Es posible, pero no es probable, así que me he puesto a estrujarme la cabeza, intentando averiguar de dónde procedían los tres ejes arcaicos de la novela: la domesticación frente a la libertad, las amistades enfermas y las personas que son animalitos. Por dentro.

La respuesta facilona es que son universales del imaginario y que no vienen de ningún sitio en particular sino de todas partes. Que nadie se inventa una mierda.

Y aquí debería terminar el post con infinita discreción y elegancia. Suelto mi sentencia lapidaria, sonrío con suficiencia, efectúo un gesto seco de despedida con un movimiento chulo del dedo índice y el medio contra la frente y me doy media vuelta. Y me pongo una gabardina, de paso, para que el viento ondee las solapas. O mejor una capa. Más medieval y aristocrática.

Yo puedo ser muuuchas cosas, pero elegante, lo que se dice elegante, ni pizca. Y discreto, menos. Así que voy a caminar hacia atrás en el tiempo, descartando fuentes que cualquiera pensaría, de entrada, que habrían influido la novela en su concepción. Y voy a ir a las auténticas.

1. El lobo estepario, de Hermann Hesse.

Única influencia de Politeísmos que puede considerarse alta literatura. Ajem. Más o menos. Es una novela absolutamente sobrevalorada. No es una puta obra maestra. Cada cosa en su sitio. Está bien, vaya. La traducción de Manuel Manzanares la deja bordada. Hay que leerla de adolescente o le ves los truquetes y te encoges de hombros cuando la cierras.

[La cubierta es acojonantemente buena, por cierto. No tengo ni idea de dónde para actualmente su ilustrador, Manuel Gil, pero si me lo encontrara no podría evitar contarle mi vida con pelos y señales y que me faltó el canto de un duro para tatuármela en la espalda a tamaño gigante con diecisiete años, y si no lo hice fue porque no confiaba una mierda en las habilidades del tatuador para reproducir una movida tan jodidamente complicada y porque me dio un presupuesto que me dejó temblando. Es la polla. Hoy, me lo sigue pareciendo. ¿No veis una mierda? Miradla con atención: la textura de piedra de la parte superior, de canto rodado, de sílex arqueológico que se va tallando como si fuera un fetiche, un arma, un bastón de mando. El collarín del lobete, que parece hecho de los rastros de esquirlas y lascas, se asemeja a una concha marina. Las patas de árbol. El rabo insinuado. Las dos cabezas. La dualidad, dios santo... Ahí hay dos lobos. Uno tiene la cabeza redonda, gacha, los ojos descomunales y expresión sometida de resignación y de pánico. El otro está de perfil y la mandíbula dentada parece la de una calavera sonriente y malévola. Pánico, también: pero no en la expresión del lobo. En la nuestra.

Esta imagen me acojona de toda la vida de dios. Y yo no veía dos lobos. Veía a un lobo y a un perro.]

No me acuerdo de en qué momento leí El lobo estepario. Sé que me explotó la cabeza y me aprendí de memoria páginas enteras, así que debía de ser bastante pequeño. Doce o trece años, seguramente. Sí recuerdo como si lo estuviera viendo que por aquel entonces yo ya tenía mi historia en boceto y por eso me afectó tantísimo: porque era lo que yo quería contar y ya estaba hecho. Por suerte, se trataba de una metáfora, porque si no habría abandonado mi idea en el acto. Era un crío. Todavía creía que la originalidad existía y me daba un pudor inmenso pisarle una idea a un muerto.

Pero Harry Haller no era un lobo. No de veras. Era un burgués antiburgués inadaptado, sin más. Creo que era eso lo que tanto me jodía. Iba leyendo y me decía: “sí, sí, sí… pero”. Me gustó mucho el comienzo (tengo clavada la imagen de Harry Haller ante la puerta de la pensión, a oscuras, sin dignarse a saludar a la casera ni al panoli del sobrino, levantando la “afilada cabeza” y la nariz “olfateante”, olisqueando “en derredor” y sentenciando: “¡Oh! Aquí huele bien”: cito de memorieta y no me sorprendo al acudir al original y encontrar ese magnífico arcaísmo, delicioso, de un participio latino de presente: yo puedo olvidar argumentos y tramas, pero siempre, siempre, recuerdo las palabras. Si me impactaron). Me fascinó el aire de alucinación de todo el texto, pero me decepcionó terriblemente, en tiempos, que el protagonista fuera viejo. Y el final me entraron ganas de romperlo.

El motivo es evidente: aunque no fuera creada con tal intención, se trata de una novela juvenil —en serio— y el chaval que lee necesita identificarse con el muñeco. Si Harry Haller tiene casi cincuenta años, pues te cuesta. Por mucho que te mole su actitud de odio y desprecio contra el mundo y su tendencia al suicidio. Tan adolescente, por cierto.

Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa. Que discutan los inteligentes acerca de si era en realidad un lobo, si en alguna ocasión, acaso antes de su nacimiento ya, había sido convertido por arte de encantamiento de lobo en hombre, o si había nacido desde luego hombre, pero dotado del alma de un lobo estepario y poseído o dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico. No dejaría de ser posible, por ejemplo, que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso fiero e indómito y desordenado, que sus educadores hubiesen tratado de matar en él a la bestia y precisamente por eso hubieran hecho arraigar en su imaginación la idea de que, en efecto, era realmente una bestia, cubierta sólo de una tenue funda de educación y sentido humano. Mucho e interesante podría decirse de esto y hasta escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo estepario, pues para él era completamente indiferente que el lobo se hubiera introducido en su persona por arte de magia o a fuerza de golpes, o que se tratara sólo de una fantasía de su espíritu. Lo que los demás pudieran pensar de todo esto, y hasta lo que él mismo de ello pensara, no tenía valor para el propio interesado, no conseguiría de ningún modo ahuyentar al lobo de su persona.

El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas, una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacía daño a su compañero, es más, se ayudaban mutuamente, y en muchos hombres que han hecho buena carrera y son envidiados, fue más el zorro o el mono que el hombre quien hizo su fortuna. Esto lo sabe todo el mundo. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna.

Ahora bien, a nuestro lobo estepario ocurría, como a todos los seres mixtos, que, en cuanto a su sentimiento, vivía naturalmente unas veces como lobo, otras como hombre; pero que cuando era lobo, el hombre en su interior estaba siempre en acecho, observando, enjuiciando y criticando, y en las épocas en que era hombre, hacía el lobo otro tanto. Por ejemplo, cuando Harry en su calidad de hombre tenía un bello pensamiento, o experimentaba una sensación noble y delicada, o ejecutaba una de las llamadas buenas acciones, entonces el lobo que llevaba dentro enseñaba los dientes, se reía y le mostraba con sangriento sarcasmo cuán ridícula le resultaba toda esta distinguida farsa a un lobo de la estepa, a un lobo que en su corazón tenía perfecta conciencia de lo que le sentaba bien, que era trotar solitario por las estepas, beber a ratos sangre o cazar una loba, y desde el punto de vista del lobo toda acción humana tenía entonces que resultar horriblemente cómica y absurda, estúpida y vana.

Hermann Hesse. El lobo estepario.

No recuerdo gran cosa de lo que pasa en el libro. Hace ya muchos años. Pero hay algo que sí recuerdo: era casi lo que yo quería contar. Casi. La historia ya la tenía en mente.

¿Me influyó? Por supuesto. Seguramente más de lo que creo: lo sabré cuando vuelva a leerlo. Lo cierto es que si llevas dándole vueltas años a la idea de “personas que son animales” y, específicamente, a cómo sería un lobo si caminara a dos piernas, el párrafo de arriba te cae encima como una bomba H.

Es posible que Hesse tenga la culpa de que el lobo pasara de ser una chica a un tío, y de que sea joven. Cuando te cabreas con un libro porque no te satisface, porque no te dice lo que necesitabas que te digan, escribes contra él y lo rehaces.

Pero la fuente primaria de Politeísmos es anterior. Así que continuemos caminando hacia atrás como los cangrejos.

Y aquí llega la primera vergüenza:

2. El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel.

Bufffff… Este libro es muy malo. Ni siquiera es literatura. Es un producto artesanal bestsellario en el que puedes jugar a contar topicazos. Puedo precisar completamente cuándo lo leí porque lo conservo, y en la página de contraportada pone: 7ª ed., octubre 1989. Sé que me lo regalaron y lo contemplé con bastante asco porque el título no me llamaba ni pizca y la cubierta me pareció horrenda, con una muñeca esquemática de pintura rupestre tirando con arco. Tenía pinta de ir a ser un coñazo. Lo dejé encima de la mesa, a un lado, y continué a mi bola, fingiendo que estaba estudiando. Fruto del hartazgo, abrí la primera página y le eché un vistazo.

Cuando levanté la vista iba por las cien páginas.

Me lo devoré. Me obligaron a irme a la cama y me quedaban unas doscientas paginitas de nada, así que empleé el viejo truco de la linterna bajo las sábanas. Mi madre se lo conocía demasiado bien y siempre me pillaba infraganti cuando hacía la ronda a la una de la madrugada. A tomar por culo: me lo quitó.

Y ahí me quedé yo, fantaseando —por un lado— con el totemismo light de la novelita, tan puro, tan inofensivo, tan blanco y tan falso, con los espíritus animales que protegían a cada muñeco, con el chamán anciano que me molaba un huevo y —por otro lado— con las escenas de sexo explícitas que me trastornaban (con una prosa de novela rosa que tiraba de espaldas, que mis hormonas de punta no percibían y justificaban, con el aliciente de que te contaba una violación paleolítica de prehistórico erotismo natural y campestre, donde los varones le hacían un gesto despótico a la hembra, un “ven pacá, cordera”, y la muchacha, por sus santos cojones, se abría de patas, le apeteciera o no le apeteciera):

¿Qué podría obligarla a hacer? Aquí no hay nada que pueda mandarle traer. Espera… ahora es mujer ¿no? Pues hay algo que puedo obligarla a hacer. Broud le hizo una seña y los ojos de Ayla se abrieron muy grandes Era inesperado. Iza le había dicho que los hombres sólo deseaban eso de las mujeres a las que consideraban atrayentes; ella sabía que Broud la consideraba fea. Broud había pasado por alto la sorpresa escandalizada de Ayla, y su reacción lo animó y volvió a hacerle la seña, imperiosamente, para que adoptara la posición de modo que él pudiera aliviar sus necesidades, la posición del comercio carnal.

Broud hace uso de sus viriles derechos para regocijo del lector prepúber, en El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel.

[Cof cof cof. Una sociedad de poderosos machos matadores de mamuts que imponen su voluntad sobre las hembras esclavizadas que les guisan la comidita que cazan. Mi querida Jean M. Auel, se te ve el plumero. No estás haciendo una crítica feminazi: esto te pone, guarra. Tú, vainilla no eras. Tranquila que no pasa nada: todo escritor que se precie en algún momento de paja se escribe un fantaseo veloz para pelársela. Y luego lo borra, que la ropa sucia se lava en casa y no nos sacudimos el pinganillo delante de una audiencia que aplauda. Para escribir de sexo sin que resulte de traca hay que ser muy bueno, muy cabrón y con muchas vueltas: ir con precisión milimétrica y con el pajarito guardado dentro de la bragueta.]

La joven se sintió incómoda; sabía que debía someterse, pero se sentía turbada y Broud lo estaba disfrutando. Se alegró de que se le hubiera ocurrido; finalmente, había derribado sus defensas. Lo excitaba verla tan confundida y desconcertada, y eso le inspiró el deseo. Se acercó mientras ella se ponía de pie antes de arrodillarse. Ayla no estaba acostumbrada a que los hombres del Clan se acercaran tanto a ella. La fuerte respiración de Broud la asustó; la joven vaciló.

Jean M. Auel continúa deleitándonos, en El clan del oso cavernario.

[Y lo dejamos aquí, corriendo un estúpido velo, porque la autora emplea un vocabulario que hiere mi sensibilidad y me escandaliza: suelta obscenidades como “pene”, “órgano” y “miembro”. La gente decente, de buena crianza, pronuncia polla. Con todas sus letras.]

… aunque podría rematarlo indicando que la escena se ve ornada y engalanada con un sujetador wonderbrá de piel de leopardo incorporado:

No había cazado mucho después de desarrollarse plenamente como mujer, y los senos pesados que oscilaban a cada paso la fastidiaban cuando corría o brincaba. Observó que los hombres llevaban un taparrabos para proteger sus órganos delicados, y se hizo una banda para sostener su pecho en su sitio, atándola a la espalda. Era más cómodo para ella, y no tomó en cuenta las miradas curiosas que le echaban cuando la llevaba puesta.

Catálogo de ropa interior y tendencias de verano del año 37.000 a.C. Jean M. Auel, El clan del oso cavernario.

Ay, dios. Me parto.

¿Influencias? Pues lo más curioso es que sí: un huevo. Me cabreó lo indecible el librito de la superwoman paleolítica, rubia y de rasgos “finamente cincelados” (sic.) a la que los neandertales llamaban fea. Tanto, tantísimo, que por esa época comencé a leer chorropocientos libros de religión, folclore y mitología. Era un tema que siempre me había molado, pero en ese instante no buscaba recopilaciones de mitos modernizadas con dibujitos flipados ni tebeos del Thor de la Marvel, sino manuales técnicos y didácticos. Averigüé lo que era eso, que hasta ese momento los libros se dividían en mi imaginario en novelitas y en libros de texto para el colegio. Justo lo que yo buscaba: mi libro de matemáticas, pero que tratara de mitos. No lo encontraba, así que me lo fui construyendo con mucho esfuerzo, fotocopiando páginas. Me zampé cosas muy raras. Y no los leía por entretenimiento, sino por orgullo, por pura rabia. Por principios: a mí no me pisaba la historia una señora que escribía novelas rosas. A ver quién ganaba. Fui investigando con un método concienzudo autodidacta. Primero me jamé la media balda del tema que había en la biblioteca de mi barrio y me copié la bibliografía para registrar otras bibliotecas más lejanas. Cayeron en mi poder textos universitarios de los que no entendía una mierda, pero me apuntaba en mi cuaderno los mejores párrafos y los tecnicismos que no estaban en el puto diccionario: “ctónico”, “apotropaico” o “metempsícosis”. Tardé años en averiguar lo que eran. (No había internet, lo cual es asombroso: no sé cómo éramos capaces de sobrevivir sin suicidarnos.) Me convertí en un pequeño —muy pequeño— experto en la materia. Por si se lo estaban preguntando, la respuesta es no: no tenía yo mucha vida social con doce años. Más bien cero. Era el chico callado y religioso que al final mata a todos sus compañeros, como dicen en Los Simpson.

Así supe que el totemismo no se lo había inventado nadie y que, por tanto, yo tenía todo el derecho a escribirlo. Y hasta a practicarlo. Qué pasa.

Porque yo de pequeñito creía. Así, en todo, en general. Siempre he tenido el cerebro correctamente amueblado para la irracionalidad y el pensamiento mítico. Porque escribo. Porque invento. Porque creo, en todas sus acepciones léxicas. Porque me faltan unas cuantas tuercas, tengo demasiado separados los hemisferios del cerebro, hipertrofiado el parietal y el hipotálamo dando saltos o padezco de una alteración de la personalidad que se traduce en exceso de imaginación, melancolía y neurastenia: me la pela. Creía en la magia, en lo sobrenatural, en la caterva de dioses que censuraba Agustín de Hipona. Y en animales de poder, también. Creía, o imaginaba, o jugaba a que era cierto.

Precisaré mi respuesta si me explican dónde está la diferencia.

 

Desde el faro,

Al

Álvaro Naira © 2012

 

PD: Hoy no hay puchero. Me da una pereza terrible enumerar fricadas que sé, positivamente, que no le interesan a nadie: ni siquiera a mí, que estoy metido en otra novela, aunque no sea de lleno (más quisiera), y Politeísmos no es que me la sople —eso es imposible— pero sí que me importa mucho menos. De hecho, me planteo a ratos qué cojones estoy haciendo resucitando un libro muerto y perdiendo mi valioso tiempo, que debería ser empleado en producir textos nuevos.

mayo 11, 2012

Politeísmos. (El lobo omega, capítulo III.) Entrega 06.

 

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—… ¿Hay alguien en la tabla?

—A la primera. Oye, Rebeca, yo quiero presidir la tabla alguna vez, ¿eh?

—Alguna vez, sí. Pon el dedo. ¿Hay alguien en la tabla?

—Hostia qué giro, casi lo pierdo. Pásame el canuto. Oye, que se ha ido derecho al NO.

—Qué cachondo. ¿Apostamos a que es el tuyo, Mon? —adoptó una voz más imperiosa—. ¿Eres un espíritu burlón? ¿Quién eres?

—Qué va a ser un burlón. Es el mío. ¿A que eres el mío?

—Se va al SÍ, pero podría ser un sí a que es un burlón. Que te diga algo que sólo tú sepas.

—Hay que ver lo desconfiada que eres, Beca. De acuerdo, le hago una pregunta mental.

—Ele. O. Be —leían a coro según la moneda iba trazando fáciles giros entre letra y letra—. O. Ele. O. Be. O. Ele. O. Se está repitiendo, ¿no? ¿Lobo?

Hubo una vuelta.

—Se ha ido al SÍ. ¿Es ésa tu respuesta, Mon? —inquirió Rebeca con una curva liviana en la boca.

—Sí —respondió abochornada—. Beca, ponme más baileys, que lo tienes al lado.

—No voy a quitar el dedo de la moneda, Mónica.

—Joder, con la otra mano.

—¡Atención que se mueve otra vez!

—Cu. U. I. E. Ene. Te. E. Eme. E. A. Ele. Ele. O. Be. O. Efe. E. Erre. O. Zeta.

—¿Lo has seguido?

—Ya lo creo —dijo Rebeca con una sonrisita muy poco propia en ella—. ¿Estás segura de que es el tuyo, Mon?

—¿Qué ha dicho?

—Ha dicho: “quién teme al lobo feroz”.

A las dos chicas les entró la risa. Mónica empezó a canturrear la melodía: quién teme al lobo feroz…

—¡Al lobo, al lobo!

—Vaya —las interrumpió él con la voz grave y profunda—. Si son los tres cerditos… Aunque falta el tercero, claro. Ése tiene una casita de ladrillos y no necesita ir a tocar las pelotas a la de los demás.

Se callaron al momento y reinó un silencio embarazoso. Álex, con una sonrisa algo turbia, comenzó a pasearse lentamente en torno a las chicas.

—Valiente gilipollez —comentó tras mirar la hoja de cuaderno con signos medio cabalísticos.

—¿Por qué? —se quejó Mónica—. ¡Ninguna de las dos está moviendo la moneda! ¿Verdad que no? Si la mueves tú te mato —amenazó a Rebeca con cierta angustia.

—No soy tan imbécil —respondió su amiga simplemente—. Llevamos tres días sin dejar de hacerla, tía. No seas tonta.

—Pues yo tampoco la muevo.

Álex soltó una risa breve, gélida.

E pur si muove. Salta a la vista, niña.

—¡Pero no la movemos nosotras!

—Me da igual si la mueve una de vosotras, si la movéis las dos, si la movéis aposta, si la movéis de forma subconsciente, si no la mueve ninguna, si se mueve sola. Sigue siendo una estupidez.

—¡Pero es cierto!

Él empezó a estrechar el círculo, que ya era bastante ceñido debido a las exiguas dimensiones del cuarto.

—Me da igual incluso que sea cierto o no, niña.

—Yo en tu lugar no haría eso —aconsejó Rebeca siguiéndole con la mirada, mientras se cernía sobre ellas como un animal predador—. Todo el mundo sabe que es fuera de la ouija donde pasan las cosas.

Él seguía caminando alrededor, muy despacio.

—Vamos a ver si lo he entendido. Rebeca. Te llamabas así, ¿verdad? —se detuvo a su espalda. La chica levantó la cabeza y le miró desde abajo—. Tú crees —no era una pregunta sino una afirmación tajante—. ¿Puedo saber por qué?

Ninguna de las dos había soltado la moneda, que giraba de forma concéntrica en la hoja.

—Se está impacientando —musitó Mónica.

—Respóndeme —exigió él.

—Lo he visto —dijo ella encogiéndose de hombros.

Álex emitió algo a mitad de camino entre una carcajada y un bufido.

—Pásame esa botella, tú —le dijo a la otra—. Ya veo que no habéis tenido complejos en vaciarme el mueble, ¿eh? —giró el tapón metálico hasta desenroscarlo y dio un trago. Siseó mientras le venía la quemazón de la garganta y el escalofrío exterior. Sacudió la cabeza—. Así que lo has visto. Visto —exhaló una risa breve, como un estertor—. Ésa es una de las tonterías más grandes que he oído en mi puta vida —se echó contra la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo—. A ver, en primer lugar: ¿por qué crees que es ése tu dios? Yo no te lo dije. Yo no te dije nada. No recuerdo en absoluto qué coño dije esa noche, pero la verdad es que no creo ni que hablara contigo.

Rebeca se volvió hacia él, sin quitar el dedo de la moneda, que no cesaba de oscilar en círculos.

—¿Crees que no es el Gato?

—Joder… Hasta he oído la mayúscula —se rió sin ganas y se apretó las sienes. Le dolía la cabeza—. Qué coño hago hablando de esto con dos crías…

—¿Lo crees o no?

Él levantó las pupilas y la golpeó con la mirada.

—Estoy absolutamente seguro de que lo es. Pero quiero saber por qué lo crees tú.

—Vi al Gato. Siempre fue especial para mí, pero es que además lo he visto.

—Se te cruzó por la calle, sí —volvió a inclinar la botella—. Qué acontecimiento. Hostia.

La moneda cada vez giraba más rápido.

—Por favor —interrumpió Mónica—, se está impacientando…

Rebeca sonrió lentamente.

—Lo vi dentro.

—¡Maldita sea, no puedes verlo! —explotó Álex—. No puedes verlo igual que no puedes verte el corazón o los intestinos. Es una gilipollez. Una puta gilipollez, y yo no sé qué coño hago hablando de esto…

—Sí puedo verme el corazón y los intestinos —replicó tranquilamente la chica.

Él la miró en principio como si estuviese esquizofrénica. Luego comprendió.

—Claro. Hasta las tetas de ácido lisérgico, ¿eh? Así se ven bien los dioses… —suspiró de forma resignada, casi dolorosa. Luego movió la cabeza, se espabiló y sonrió, como si hubiera tomado una decisión repentina—. Veamos —se inclinó sobre la hoja de cuaderno con una mueca—, ¿con quién se supone que habláis?

—Con el Cuervo —respondió Rebeca.

Álex dejó que se le escapara una risa suave, como un gorgoteo. La moneda se había quedado quieta, pero ninguna de las chicas apartó los dedos.

—El cuervo. Dicho también con mayúscula, supongo.

—Sí —dijo Mónica con mirada desafiante—. Es el mío. Tú mismo lo dijiste.

—El cuervo, sí —arrugó el ceño, esforzándose por recordar—. Olvídate de la película, princesa. Los cuervos ni traen ni llevan ni guían muertos. Más bien se los comen, y tienen especial predilección por los que están muy podridos. Es el príncipe de las aves carroñeras. El rey es el buitre, claro… —echó la cabeza hacia atrás. Cogió la chusta del porro del cenicero, acercó el fuego y le dio la última calada al papel caliente, casi quemándose los dedos, antes de apagarlo—. No pongas esa cara. Es un buen animal. No se puede domesticar, y eso es lo más importante que hay. Para que se quede con el hombre hay que recortarle las alas…

—No pongo ninguna cara —interrumpió con voz tensa, como si la hubiera insultado—. A mí me encanta. Me gusta desde Poe. “¡Nunca jamás!”. Me flipa. Y no creo que sea nada vergonzoso que coma carroña; está en el terreno que separa los vivos de los muertos. Se los lleva al otro mundo al devorarlos. Es la caña.

El lobo la miró con nuevos ojos. No tenía ganas de reírse de ella, por ridícula que fuera la escena de la graja, una mata de pelo negro reluciente partida en dos crenchas como alas, flequillo ondulado a lo años cincuenta, nariz algo aquilina y ojos brillantes, con una camiseta con la silueta de Brandon Lee y el emblema de la película, graznando el nevermore. La cabeza le estallaba y no tenía el estómago bien, y le estaba poniendo francamente nervioso hablar de aquello con dos niñas de instituto. Bebió más, concienzudamente, esforzándose en emborracharse. No le apetecía pensar. Estaba harto de mantener el control.

—Muy bien. Veo que has hecho los deberes. Y dime, ¿ya llevas una pluma de cuervo encima a lo Dumbo para poder volar con ella, o aún no has encontrado ninguna?

—Pues —dudó Mon, no prestando atención a la ironía— busqué una pluma, algo, sí, para identificarme. Ya sabes, como tú. Pero sólo hay urracas por…

Él le dio una patada colérica al suelo.

—¿Como yo? ¡Venga ya!

—Claro, joder. El colmillo que llevas. Los símbolos son importantes…

—¿Esto? —preguntó apretando el colgante en la mano con desprecio—. ¿Esto? Esto es una chorrada. Lo llevo por costumbre. Esto fue un maldito regalo. De una ex que estaba tan colgada como vosotras, ¿estamos? Es una gilipollez. No necesitas símbolos. No necesitas nada.

Pero la cabeza se le iba al día en que la conoció. Estaba en tercero de BUP. Llevaban una semana de clase y ya le habían separado de Fran, su mejor amigo desde primero, porque no se callaban ni con mordaza. Le habían puesto al lado a una chica nueva con la que nunca había hablado, aunque sí se había fijado en ella porque tenía un buen cuerpo y un extraordinario e incómodo pelo castaño, liso, hasta el culo, y los ojos del color pardo claro de la miel, pero no dulces. Taladraban. No tenía ningún otro particular, salvo el colmillo. Eso le llamó la atención.

—¿Puedo? —le había preguntado antes de tocarlo.

La chica asintió. Él cogió el colgante en la mano. Era un colmillo grande, entero, de color blanco amarillento, suave al tacto, con la raíz agujereada.

—¿Es de mastín o es de lobo? —acabó por decir él.

—Lobo.

—¿De dónde lo has sacado? Es especie protegida.

Ella encogió ambiguamente los hombros. Tenía una sonrisa algo feroz.

—¿Y si te digo que se me cayó un diente de leche?

Cuando se lo regaló, tiempo después, él no quiso cogerlo. Ella insistía en que quería que lo tuviera él, y él se negaba, y ella volvía a la carga, hasta que consiguió que se lo metiera por la cabeza.

—¿Contenta?

—Sí. Quiero que te lo quedes.

Él se encogió de hombros y ajustó el cordón del lazo corredizo. Sonrió dócilmente.

—Lo que la loba hace al lobo le place —sentenció echando mano del refranero.

Ella, riendo, le había acusado de calzonazos. Lo recordaba a la perfección, con tristeza y cierta ternura. En ese momento, pensaba sinceramente que iban a vivir felices y comer perdices o, más bien, a suicidarse juntos y dejar un bonito cadáver. No concebía su vida con otra.

Al cabo de poco más de un año, se odiaban con el mismo ímpetu con el que se habían querido. No había vuelto a hablar con ella desde el día fatídico en que la había llamado, a la cara y sin tapujos, perra, en todos los sentidos. Pero sabía bien cuál era el que le había dolido.

—… Apolo tiene su cuervo; Odín tiene dos —enumeraba Mónica entusiasmada—. Es augurio de muerte. Se dice que es la más inteligente de las aves. Para los indios americanos, un cuervo creó el mundo. Me encanta hasta su aspecto, ¿sabes? Es tan negro que parece azul. Y cómo canta, me pone los pelos de punta…

—Claro. Era de esperar que te pusiera a mil la estética de cementerio —masculló él—. ¿Toda esa impresionante cultura la has sacado de leer tebeos? Para que luego los padres critiquen… Pero verás, te quedas sólo con lo que te gusta, niña —volvió a darle otro trago a la botella, éste especialmente largo, que hizo bajar el nivel dos dedos—. El cuervo es un hipócrita ladrón muy habilidoso; si el lobo mata, tendrá que espantar a los cuervos para que no le roben su caza —comenzó a recitar lo que parecía un artículo de una enciclopedia de animales—. Es enteramente negro. Vuela con total perfección. Lo hay más grande y más pequeño. Tiene extrañas habilidades. Vive en el bosque, en la sierra y en los parques de la ciudad. Es monógamo y alimenta a sus pollos, y no vuela al sur en invierno —inclinó el J&B—, lo que viene a querer decir, si te lo aplicas, que se adapta a cualquier ambiente, necesita compañía estable en su vida y no huye cuando se presenta un problema. Eso sí, a ruin no le gana nadie. Aunque podría cazar, prefiere alimentarse de cadáveres y picotear las partes blandas, como los ojos y la lengua, porque no es capaz de desgarrar con el pico la piel gruesa de las carroñas recientes. Cuando alguien se hunde, ahí está el cuervo para destrozarlo y hacerlo desaparecer, pero evita el enfrentamiento con los que aún están vivos. Tiene el pico muy largo y eso le pierde. Puede imitar el sonido del viento, de otros animales y de la voz humana. Habla demasiado y se pavonea demasiado. Igual que tú.

La moneda había vuelto a moverse bajo los índices de las chicas, ahora en círculos veloces que se salían de la hoja de papel y se deslizaban por la tarima del suelo.

—Creo que se está enfadando… —musitó Mon.

Él sonrió cínicamente mirando la improvisada ouija de papel.

—¿Sabes cómo te hablaría de manera mucho más directa?

—¿Cómo?

—Si dejaras de pensar con palabras —aconsejó de forma enigmática, y dirigiéndose a Rebeca añadió—. ¿Qué tal si lías otro?

—No puedo quitar el dedo de la moneda.

—Déjate de chorradas.

—¡Se está moviendo más! —chilló la graja.

—Cuervo —interpeló de forma teatral a la tabla Rebeca mientras Álex resoplaba una carcajada imparable—. ¿Estás molesto por algo?

—SÍ —leyó Mónica—. Joder. ¿Y ahora qué hacemos?

—Cuervo. ¿Qué te molesta?

—Ele. O. Be. O. Ele. O. Lobo. Álex —pidió Rebeca con delicadeza—. Creo que deberías salir de la habitación.

Él tomó aire entre las risas para levantar el dedo corazón y exclamar:

—¡Y una puta mierda! Estoy en mi casa. Si le incordio que se vaya él.

La botella estaba en las últimas. Se obligó a bebérsela hasta no dejar ni gota; empezaba a sentirse realmente borracho y no quería que le bajara.

—Ele. O. Be. O. Efe. U. E. Erre. A —seguían pronunciando a coro—. En serio, Álex. Creo que deberías marcharte. Puede ser peligroso.

—¿El qué? ¿Dos crías armadas con una monedita?

—Ele. A. Erre. Ge. O. Pe. E. Erre. Erre. O —según las chicas iban leyendo la última palabra se le fue borrando la sonrisa. Se desplazó para mirar la hoja con mejor ángulo—. Hache. O. Y griega. Te. E. Hache. A. Ese. Uve. I. Ese. Te. O. E. Ene. E. Ele. E. Ese. Pe. Jota. O. Efe. U. E. Erre. A. Ce. Hache. U. Ce. Hache. O —en ese momento su expresión se arrugó del todo; malditas las ganas que tenía ya de reírse. Apretó los puños y contuvo el deseo de barrer la tabla y la moneda de un golpe de brazo—. Uve. E. Te. E. A. Pe. O. Erre. Ele. A. Pe. E. Ele. O. Te. I. Te. A. Jota. A. Jota. A. Jota. A. Jota. A.

—Qué hijo de puta, se está riendo —dijo levantando el borde de la boca. Encendió un pitillo y miró a Mónica directamente—. Así que te molesto, ¿eh? ¿Te pongo nerviosa?

La chica movió la cabeza desconcertada.

—¡A mí no me mires!

—¿Ah, no? Creía que estaba hablando con el tuyo —precisó con una mueca, de forma que Mon no pudo saber si se estaba burlando o no de ella.

—¡Yo no lo estoy moviendo!

—En tal caso no es el tuyo —concluyó rotundamente.

La moneda se iba desplazando con los dedos de las niñas hasta salirse de la tabla en su dirección. Tuvieron que gatear para seguirla. Él empezó a reírse sin control.

—¿Eso es todo lo que tienes? ¿Me atacas con una moneda? TIEMBLO de miedo.

Entonces fue cuando el cristal de la ventana se reventó con estrépito.

—Venga ya… —pero el cigarro se le había quedado pegado al labio inferior y le vibraba.

Mónica había acompañado la caída del vidrio con un grito agudo. Rebeca sólo abrió los ojos de golpe y contuvo el aliento. Tan petrificadas estaban que no quitaron el dedo de la moneda, que regresaba a la ouija.

Jota. A. Jota. A. Jota. A. Jota. A.

No continuaron leyendo las letras. Pero él sí lo hizo, sin decir ni pío.

Ene. O. Eme. E. Ese. U. Be. Ese. Te. I. Eme. E. Ese.

—Se ha ido al adiós —exhaló Rebeca cuando volvió a mirar la tabla y vio la moneda quieta sobre esa palabra—. Podemos quitar el dedo.

—Joder… —Mon se abrazó las costillas y contuvo el escalofrío.

Él se incorporó, miró el manillar, el marco, y recogió los cristales. Eran pedazos grandes.

—A la mierda la ventana… —suspiró mientras la examinaba. Se giró hacia las chicas, que estaban del color de la leche—. Tenía una grieta de tres palmos. Con el patadón que le metí, se podía haber caído en cualquier momento.

Y ellas se apresuraron en convenir que era cierto.

—Hazte otro porro, Beca, para tranquilizarnos… —pidió Mon con un hilo de voz.

—Me parece una idea estupenda ésa —afirmó él, y abrió la otra botella de J&B. Se la pasó a la graja, que negó con la cabeza—. Joder, calmaos. Se ha caído un cristal, no la casa. No seáis crías —se la volvió a ofrecer—. Bebe, coño, que no te la voy a hacer pagar.

Mónica dio un trago.

—¡Hossstia! —gritó—. ¡Pero si es whisky!

—Claro. ¿Qué creías que era? ¿Gaseosa?

—¡Joder, a palo seco! —mostró la lengua—. Hey, espera. ¿Te acabas de meter tú solito la otra?

Se encogió de hombros. Las niñas empezaron a reírse alteradas. Se fumaron el hachís con ansia y caladas profundas, para anestesiarse los nervios. Después de una copa se les había pasado el susto, hasta el punto de que Mon empezó a considerar el asunto de la ventana con cierto orgullo.

—Hey, ha sido el mío el que la ha roto —presumía.

—Pues entonces será a ti a quien te toque pagarla —le respondía Álex.

—¡Nunca jamás! —le contestó Mónica entre carcajadas. Estaba ya absolutamente borracho, porque se dejó caer, doblado de risa, sintiéndose cojonudamente hablando con las chicas, como si fueran sus amigas de toda la vida o incluso sus hermanas pequeñas. Se dio cuenta, entre nieblas, de que estaban aprovechando su distracción etílica para interrogarle. Le dio bastante igual. Tenía un buen rollo increíble. Le apetecía hablar de aquello con alguien a quien le importara.

—Álex —le preguntaba Rebeca—. ¿Cómo sabes los animales de la gente? ¿Cómo los sacas?

Él negó con la cabeza. Dobló la anilla de una lata de cerveza y dio un sorbo.

—No los saco. Es como un latigazo. Se ven entre los dos parpadeos de un ojo, en lo más hondo de las pupilas, detrás de tu propio reflejo. Por eso es más sencillo encontrárselos a chavales. Los críos tienen los ojos transparentes. Cada año que te echan encima se te apagan un poco. Es casi imposible verle nada a un viejo cuando están opacos.

—¿Puede verlos cualquiera?

—Supongo. Yo conozco a un tío que es mucho mejor que yo en eso. No falla nunca.

—Oye, ¿y si fallas? ¿Cómo se sabe?

—Nunca se sabe a ciencia cierta hasta el final…

—¿Nunca?

—Nunca.

—Verás —se explicó Rebeca—, es que a mí ya me han preguntado dos colegas míos cuáles podían ser los suyos, pero no he sabido decírselo.

Álex estiró la sonrisa.

—¿Haces proselitismo, princesa? ¿Vas por ahí diciendo que tenemos animales dentro que luchan por devorarnos? Ten cuidado con qué dices y a quién se lo dices.

—¿Proselitismo? ¿Qué es eso? —preguntó Mon.

—Álex, en serio, querían saberlo. Supongo que no te apetecerá verlos para sacárselos, ¿no?

—Pues no, no tengo el menor interés en conocer a tus rolletes, francamente.

—¿Puedes averiguarlo con sus nombres, o con su fecha de nacimiento? Me los he traído. Tío, es que yo no sé cómo verlos.

Resopló.

—Hostia. Pocas cosas hay que me jodan más que eso. ¿Puedes saber tú el carácter de una persona, sus sueños, sus esperanzas, sus manías, lo que convierte a ese ser en único y diferenciado de los demás, por la fecha de nacimiento?

—Bueno…

—No. No puedes. Punto.

—Hombre, pero todos los que comparten signo del zodiaco, ya sabes, se parecen.

—Qué pollas importará en qué casa esté Marte o deje de estar. Ni siquiera son iguales los que comparten un mismo dios. Yo conozco a un cuervo, un adulto, nada de polluelo como tú —le dijo a Mónica—. Un tipo oscuro, elegante, de una forma que sólo da la edad y la experiencia. Os parecéis únicamente en que estáis flipados, sois simpáticos y bocazas.

—¿Te parezco simpática? —preguntó la chica con una sonrisa.

—¿Qué más te da a ti lo que me parezcas? —respondió Álex bebiendo.

—Y… La gente con el mismo dios… —empezó de forma dubitativa—. ¿Me lo podrías presentar? Ya sabes, al cuervo. Supongo que…

—¿Que os llevaríais bien? ¿Que os haríais promesas de amor eterno? Podría ser tu padre, princesa. Tiene casi cuarenta tacos.

—Oh. Vaya.

—Parecéis crías con zapatos nuevos —les decía—. Ni que os acabaran de atacar. Los tenéis desde que nacisteis. Otra cosa es que en la adolescencia estén tan expuestos bajo la piel que casi se los puede tocar —dio otro trago y adoptó una expresión meditabunda. Dijo una de estas cosas que cuando uno está drogado le parecen sumamente ingeniosas, aunque luego, al recordarlas, resulten elementales—. Las religiones son para los ritos de paso: para el nacimiento, la adolescencia, el matrimonio y la muerte. Es entonces cuando la divinidad retuerce los músculos del cuerpo y los hace saltar como si fueran cuerdas de piano.

Se sintió muy satisfecho con esa frase. Le entraron ganas de apuntarla y componer a partir de ella, aunque hacía por lo menos tres años que no escribía una nota.

—¿Matrimonio? —inquirió Mónica extrañada, como si considerara fuera de lugar esa palabra en el vocabulario del lobo.

—Me refiero a cuando follas y convives. Tanto da. Hoy en día nos pelamos en la adolescencia dos ritos de paso. Luego lo piensas y te da pena haberte fumado de golpe lo mejor de tu vida, pero supongo que así es el doble de intenso…

Mon parecía pensativa.

—Oye, ¿por qué usas la palabra atacar, como si fuera algo malo? Están para protegernos. Son dioses privados, sólo para ti.

—Ya te gustaría. Están para devorarnos.

Las chicas pusieron cara de no estar de acuerdo. Empezaron a protestar y a aportar ejemplos.

—Lamento tiraros a la papelera vuestro videojuego de personajes con un halo en forma de animal brillante que camina frente a ellos y se pega con sus adversarios, pero es la pura verdad —se encendió otro cigarro con el mechero de Rebeca y estuvo a punto de quemarse las cejas con la llama—. ¡Hostia! Ya podrías haber bajado el fuego, coño.

Rompieron unos hielos. Él abrió el ron y la ginebra.

—Oye, Álex. ¿Por qué no nos hablas de cómo entraste tú? —le preguntó Rebeca.

—Eso. ¿A ti quién te inició? Ya sabes. Quién te dijo lo que eras.

Apretó los labios. Respondió evasivamente.

—No voy a contestarte a eso. Si lo prefieres, te diré que fue una revelación divina, que soy un profeta en la tierra, que oigo voces como Mahoma, Jesús, el niño del Sexto Sentido y los esquizofrénicos. Aquí lo único que quiero que sepáis es que no son vuestros esclavos divinos. Que esto es una guerra, una guerra contra el ser humano, y que lleváis dentro demonios cuyo único interés es acabar con la mayor cantidad de hombres que puedan, y vosotras formáis parte del número. ¿Lo pilláis? Dependiendo de en cuál de las dos almas, la del hombre o la bestia, esté vuestra conciencia, sobreviviréis o no: mataréis u os matarán —aspiró el humo con un desgarro, como si se le estuvieran rompiendo los pulmones del tabaco. Se metió un trago para soltar más aún la lengua—. ¿No habéis estudiado historia? Pues voy a haceros un poco de publicidad a lo Greenpeace: el hombre era un mierda hasta que pudo domesticar animales y plantas, aumentó en número, desarrolló tecnología, modificó el puto medio y se merendó el planeta. Las cosas tienen su maldito equilibrio y, si se rompe, hay que restablecerlo. La idea es que para aniquilar a la raza humana, en lugar de usar una bomba atómica, que es poco higiénico, los animales se meten en los cuerpos, pelean contra las almas de los hombres, las desgarran, las rompen, las hacen trizas y acaban por exterminarlas, cuerpo tras cuerpo, vida tras otra. Como no se le puede combatir desde fuera, se le combate desde dentro. Vuestros “dioses” están dentro de vosotras para devoraros. Cuando hasta el último hombre sobre la tierra sea vasija de otro, supongo que nos extinguiremos. Dejaremos de tener hijos por propia voluntad. Entretanto, peleamos. Así que os quede claro que yo creo en la reencarnación. A mi manera.

—Guao.

Mónica y Rebeca se miraron asombradas.

—¿De verdad crees en eso? Es…

—“Apocalíptico” es la palabra que buscas, princesa.

—Es la hostia… —definió Rebeca.

—Es la polla… —concluyó Mónica.

—Ésas también sirven, sí.

—Joder —casi jadeó Mon—. Y tú… ¿de qué lado estás?

Álex soltó una risa encarnizada, seca y contundente. “¿Tú qué crees?”, respondió con tono áspero.

—Tú no estás con el hombre —contestó Rebeca en su lugar con sosiego—. Tú eres un lobo que camina a dos piernas.

 

© Álvaro Naira

 

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