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—Tú no estás con el hombre —contestó Rebeca en su lugar con sosiego—. Tú eres un lobo que camina a dos piernas.
Él se la quedó mirando con fijeza. La chica se encogió de hombros.
—¿Me equivoco?
Álex apartó los ojos de la gata y paseó el índice por el morro húmedo de la botella. No contestó.
Espero que no.
—Entonces… —comenzó la graja con cautela— si tú eres el lobo… ¿tu labor no es matar el alma humana que comparte cuerpo contigo?
Él se chascó los nudillos.
—Ésa es la idea. Pero dicho de tu boca suena de lo más ridículo. Perdona que te lo diga.
—Pero a ver… —dudó Mónica—, si crees que es así…
—No lo creo. Lo sé.
—Si sabes que es así… ¿por qué no has…? Ya sabes, acabado con todo.
—¡JA!
—Te lo estoy preguntando en serio. ¿Por qué no te has suicidado? Si sabes que es así, si estás absolutamente seguro de que tienes una misión que cumplir y que cuantos más humanos mates, mejor… ¿Por qué no has acabado con el cuerpo que tienes?
—Qué tontería. En primer lugar, con lo que hay que acabar es con el alma.
—Entonces, ¿nunca has intentado…?
—¿Matarme? Qué pesadita estás, ¿eh? ¿Te mola eso? ¿Es que tú eres de las que se cortan un día sí y el otro también? ¿Te dedicas a jugar con cuchillas? Estás en la edad —comentó con una sonrisa venenosa, que acabó por caérsele. Dio una calada inútil: el pitillo no tiraba. Volvió a encenderlo, manteniendo la vista fija en el mechero—. Yo también he tenido diecisiete, aunque no lo admita en público.
Mónica, que ya estaba más que borracha, tuvo una explosión de afecto hacia sus semejantes, de necesidad de desnudarse el alma y mostrarse vulnerable. Tragó saliva, se quitó la muñequera de cuero con pinchos que llevaba en la mano izquierda y le mostró una cicatriz rugosa y rojiza, reciente, no blanca. No tendría más de seis meses.
Álex no se sintió impresionado. Le cogió el brazo y recorrió con el dedo una línea desde la muñeca hasta el codo.
—La próxima vez, princesa, corta a lo largo. Ya verás como no fallas.
Rebeca miró para otro lado. Los vapores alcohólicos llevaban un rato echando un tufillo a confesionario, así que decidió abrirse también.
—Yo también me cortaba —admitió—. Pero no estoy segura de que fuera para matarme.
Él bufó.
—Nunca es para matarte. Si te quieres matar, abres la ventana y saltas.
—Era para hacerme daño. No es que me gustara, pero quería sentirlo. No puedo explicarlo. Todavía me pasa a veces. Pinchaba muy fino, sólo para sacar el hilito rojo. Aún tengo alguna marca, pero casi no se ven.
—Claro. Cuantas más cicatrices tengas, más presumes ante tus amigos. Decid que sí. Qué poco cambian las cosas… Algunos crecimos y nos dimos cuenta de que lo que pasaba es que nos iba la marcha, así que nos dedicamos alegremente a practicar el sadomasoquismo sin complejos y sin tanta gilipollez.
—¿Tú también te cortabas?
—Venga ya.
—Anda, admítelo. No saldrá de aquí.
La risa que le estaba entrando empezaba a sonar levemente histérica.
—¿Qué, ahora los tres nos quitamos la camiseta y nos contamos las marcas a ver quién gana en torturado? Si luego van los pantalones y las bragas a lo mejor os digo que sí.
—Vale —aceptó Mon, medio en broma medio en serio—, pero primero contesta.
Él apretó el cigarro entre los labios en una sonrisa mordiente.
—Yo cogía el cúter y jugaba al tres en raya en las palmas y los antebrazos y a unir los puntos con los lunares, a ver qué figuritas me salían dibujadas con la sangre.
—¿Va en serio?
—¿Sabes una cosa? Nunca lo sabrás.
—Pues entonces no has cumplido —se rió Mónica—. Así que me parece que no nos desnudamos.
—Disculpa si no me echo a llorar —levantó el ron y dio otro trago.
—Estoy pensando una cosa, Álex… —empezó Rebeca, negándose a rendirse y a pasar del tema religioso al personal—. Si de lo que se trata es de matar humanos, ¿por qué no coger una recortada y liarse a pegar tiros en medio de un centro comercial?
Él la miró con una mueca burlesca. “No me des ideas…”, respondió, pero enseguida adoptó una expresión severa.
—Con eso no se arregla nada, princesa; incluso puede que al contrario. Imagínate que matas a un tipo en el que no vaya ganando el animal sino el hombre… Se acabó lo que se daba y otra vez a empezar desde cero: el humano se escapa tranquilamente a nacer en otro cuerpo sin que el dios pueda comérselo. Además, no venden recortadas en las jugueterías —dio una calada—. Y nadie en su sano juicio me vendería a mí un arma.
—Pues no sé si es porque estoy pedo, pero no lo pillo bien del todo. Entonces el animal y el hombre luchan durante la vida, ¿no es eso?
Él se encogió de hombros.
—Te haría un diagrama, pero estoy borracho; como para ponerme a pensar. Búscate otro gurú, ¿de acuerdo? Hay mogollón de gente en esto. ¿Qué? ¿No te lo crees? Te juro que es cierto. Haz una búsqueda por internet. Hay muchos más en ello de los que podáis imaginar, pero la mayoría no sabe por qué. Es una época fabulosa, cuando aún no sabes por qué. Cuando todo tiene la estética de un videoclip. Tú eres un animal, y tienes su fuerza por dentro. Puedes hacer cosas que otros no pueden. Puedes manipular acontecimientos con una simple petición, que pone a tu dios a tu servicio. Es como si lo vieras salir de tu cuerpo, atado por cuerdas que lo anudan a tu alma, dispuesto a lanzarse como una flecha contra la de tu enemigo. Caza para ti. Mata para ti. Se ocupa de ti. La gente que piensa así los llama tótems o naguales —se estiró las ojeras hasta las sienes con las yemas de los dedos. Su cara mostraba el más profundo agotamiento, por fuera y por dentro—. Ojalá. Qué simple, qué egoísta y qué humano. Ésa es una religión para críos de cuatro años, que aún no han pasado del pronombre “yo” al “tú”. Hay mucho subnormal en eso. Se los reconoce por su ñoñería extrema, porque hablan de “animales de poder” y llevan camisetas cursis con la imagen de los que creen que son sus dioses, que siempre resultan, misteriosamente, poderosos superpredadores con alguna connotación mitológica o fabulosa. No te encontrarás a un tipo de éstos que diga que es un conejito o un gorrión, no. Wiccanos —se bebió de una vez todo el contenido que le quedaba en el vaso y lo llenó de nuevo—. Puto paganismo descafeinado. Si al menos hicieran sacrificios y pintaran las paredes con sangre y con esperma podría tenerles un respeto, pero su ritual más temible es la receta de las galletas de jengibre —Rebeca cambió el gesto, dispuesta a rebatirle—. Ah, sabes de qué hablo. Pues aléjate de ese hatajo de retrasados, princesa.
—Álex, no digas tonterías. Yo he visto cosas. Yo he hecho cosas. Ritos, y funcionan. ¿Y el lobo qué es? Dime un animal más místico que él. Vale, el gato. Pero dime otro. Deja de tirar piedras contra tu propio tejado.
—Joder, olvídate del lobo hermanita de la caridad, pintado en tonos azul pastel con purpurina y una india al lado. El lobo es un bicho salvaje, hirsuto, sucio, que apesta a monte, a sangre y a tierra. Se cepilla en un solo ataque hasta sesenta ovejas. Es un animal real, princesa. Real. No es sobrenaturalmente rápido, y los solitarios se mueren de hambre hasta que se les ondulan las costillas. Cualquier presa corre más que él. Al lobo le salva la resistencia y la cabezonería, el saber hostigar al trote lobuno estremecedor, que parece jodidamente fácil, como si no les costara una mierda caminar así, pero van bastante deprisa, ¿sabéis? Y durante horas, sin cansarse, días enteros. Es un cazador de acoso, no de acecho. Gana por puro aguante y por número. Lo ves venir; no sorprende a traición, sino que persigue hasta que agota a la presa. La manada va detrás hasta que la hace caer reventada con los ojos desorbitados y la lengua fuera llena de baba. Pasan a su lado y le pegan con el rabo en las patas. Hacen turnos para correr, unos se echan en la hierba alta y esperan a que los demás la empujen contra sus dientes. Cierran el círculo con la carne en medio siempre en sentido contrario a las agujas del reloj, porque así están hechos. Entre todos la despedazan, pero zampan bajo rigurosa y feroz etiqueta protocolaria —los ojos le brillaban atrozmente mientras hablaba, como si estuviera reviviendo la matanza—. Qué cosa más útil es el instinto, joder. Como lo de dar vueltas antes de echarte, sacudir la cabeza para rematar algo y partirle el cuello, enterrar la carne que no te has comido, rascar con las patas después de cagar, tirarte panza arriba si te viene un tipo con malas pulgas, chupar la teta de tu madre y hacerte la rosca con el rabo para que, al dormir, la nieve caiga sobre ti y te haga de manta. Ésa es la pura verdad. El lobo es eso, que no es poco. No es ningún demonio, ni un ángel. Límpialo de hojarasca. Para la gente de pueblo es un ser maléfico, una criatura nocturna, que huye con el tercer canto del gallo como los vampiros. ¡Joder! Si el lobo ni siquiera ve de noche como los gatos. Si no hay luna, se hostia como tú y como yo. Dicen que tiene un poder casi mágico para acojonar, cuando lo cierto es que el que se asusta del hombre es él. Que si licántropos, que si antropófagos: lo que somos es competidores, y el hombre siempre les da otro nombre a las cosas que teme, como si así pudiera alejarlas. A pocos animales les han echado más mierda mítica encima que al lobo… Están al puto borde de la extinción por culpa de eso. Cuando desaparezcan por completo, muchos pensarán que nunca existieron; que fueron una leyenda —aplastó en la lata de cerveza el cigarro, que casi se le había consumido en un largo cilindro de ceniza—. Dicen que se zampa a las novias antes de la boda y roba a los niños en la cuna. Me encanta la idea, pero la verdad es que es una mentira como una casa. Y yo me parto cuando leo que caminan en fila india y se pisan sus huellas para ocultar su número. Joder, camina en fila india porque no es gilipollas, y es más sencillo correr por la nieve pisada que a campo traviesa, y el macho alfa, que es el que está mejor alimentado y tiene más fuerza que los demás, va en cabeza destrozando la escarcha y el hielo con las patas para permitir que le sigan los suyos más fácilmente. Y no le canta a la luna, no me jodas, sino que ejecuta un acto social para acojonar al bosque entero y darle cohesión a la manada. Aunque es cierto que entona, el cabrón. Es de lo más polifónico. Si los ves aullando te dan una envidia de la hostia. Parecen las criaturas más felices y anchas del planeta, como si no hiciera falta otra cosa más que cantar suficientemente alto, suficientemente fuerte, rodeado de tu gente y frotándote el pelo áspero contra el lomo de tu hembra, para sentirte el amo del mundo.
Las chicas intercambiaron espléndidas sonrisas. Le habían estado escuchando con la atención y el apasionamiento del contagio. No habían abierto la boca en todo el monólogo vibrante.
—Te flipa tu dios, ¿eh? —preguntó Mónica sonriente, tras esperar unos segundos por si seguía.
—Me parece la polla, sí —Álex parecía haberse desinflado—. Pero no por lo que dicen los wiccanos. ¡Rezar a tu animal! ¡Pedirle cosas! ¡Usarlo! Eso es una estupidez. Una inmensa gilipollez. Todo mentira.
Rebeca se estiró felinamente.
—No es mentira y lo sabes —echó alcohol al vaso y se lamió los dedos viscosos de ginebra—. A mí no me engañas, lobo. Funciona. Yo llevo dentro menos de tres semanas, y he logrado lo que no había conseguido en más de un año que llevaba probando con otras magias.
—Otras magias. ¿Velitas, inciensos, sal gorda y lacitos de colores?
—No te burles de lo que no entiendes.
A él se le desencajó una carcajada violentamente humillante, que consiguió que la chica enrojeciera.
—Álex. Funciona —le amenazó con la voz inflexible, aunque tuviera las orejas coloradas.
Él frunció el ceño.
—Cojones, si desatas a tu dios claro que funciona. Ya lo sé. Y mejor que tú, que soy más viejo. Pero ahora en serio: no debes utilizar a tu animal. Nunca. Se supone que… tú eres el animal, joder. No debes dejar que te utilicen. Es una cuestión religiosa. Lo llevas ahí; escúchalo. Pero no lo uses. Hazme caso; si lo haces le das poder al alma del hombre que llevas también dentro.
—Pero… —intervino Mónica.
—¿Pero qué?
—No sé si lo he pillado, pero… Verás, si no lo utilizas… ¿No se acabará durmiendo? Ya sabes. Dejará de actuar y será el hombre el que tome el control.
La miró con expresión de asombro.
—Joder. No lo había pensado así. Si tienes razón es como para golpearme la cabeza contra una pared, porque llevo toda mi puta vida rompiéndome por dentro y destrozándome en creer sin usarlo, porque si lo utilizo, lo domestico —le entró una risa nerviosa que ahogó en la ginebra. Habló con la voz muy ronca—. Si lo uso, si le pido cosas, si consigo que me traiga la pelota…, lo estoy haciendo perro, y maldita sea si no es eso lo que me da más miedo.
—¿Por qué? —preguntó Mon—. ¿Qué pasa con el perro?
—El perro es un lobo dócil, joder. Desde el mastín hasta el chihuahua. El lobo fue el primer animal que se domesticó en la prehistoria. ¿No lo sabíais? ¿Qué coño os enseñan en el colegio?
—Venga, hombre. No me lo creo. ¿También el chihuahua viene del lobo? ¿Y el caniche? ¿Y…?
—Y todas las razas que se te ocurran. También el caniche es un lobo, sí. Le han pasado quince mil años de domesticación por encima como una apisonadora, pero es un lobo. Uno neurótico, contrahecho, atrofiado, grotesco y repugnantemente humano.
—Entonces… —Mónica inclinó la cabeza—, si lo he entendido bien…
—¿Qué?
—Que la culpa de todo es del lobo; fue el primer domesticado, el primero que cayó en la tentación y se acercó a la hoguera del hombre —a Mon se le encendieron los ojos y la sonrisa. Sólo le faltó batir palmas de la emoción—. ¡Es el puto Lucifer del panteón!
Álex silbó largamente.
—Niña, tú estás fatal. Deja de beber, anda.
—¡Tengo razón! Luego ya se domesticaron los demás, ¿no? Si dices que el problema está en que el hombre se cargó el equilibrio y empezó a alterar el ecosistema, está claro que el primero que lo sufrió fue él, el que lo provocó fue él. El Primer Caído.
Rebeca levantó las cejas.
—Su Satánica Majestad —añadió muy divertida.
—Sí, Mick Jagger. No te jode —gruñó él.
Las chicas explotaron en carcajadas, aunque estaban pensando en un cantante más reciente y más grotesco.
—Hostia, de verdad. “Primer caído” —repitió Álex, no sabiendo si reír o llorar—. Es perfecto para megalómanos. Si vas a ser un pecador, sé el más grande, ¿no? Si tienes que tener la culpa de algo, que sea La Culpa con mayúsculas.
—Te pega mazo, Álex —articuló Mon entre la hilaridad.
—Que te den por culo. Puta la gracia que tiene, en el fondo —hundió el pecho, siendo perfectamente consciente, pese a las brumas espirituosas, de que la situación era caricaturesca, y su mayor ridiculez consistía en que podía suscribirla al cien por cien, que era así como pensaba, que era eso en lo que consistía, y que no podía más, que tenía unas ganas enormes de abandonarse y de llorar como una niña o de ponerse en pie y empezar a romper botellas contra los pocos muebles que tenía. Apretó los dientes—. Joder. ¿Crees de verdad que sin el perro el hombre podría haber controlado al ganado? ¿Quién se lo recoge? ¿Quién lo mete en el redil? ¿Quién lo saca a pastar y cuida de que no se disperse? Es por el perro. Si la humanidad no hubiera tenido carne doméstica para sacrificar cuando le apeteciera, no habría podido crecer en número y empezar a cultivar y a modificar el medio hasta cargárselo por completo. Oh, dios… Si tuviera el poder de ejecutar mis deseos… Si pudiera aniquilar a la especie entera con sólo apretar un botón y dejar limpio el planeta de mierda… Entonces sí que me pegaría un tiro y así todo se quedaría con su jungla y con su tigre, con su bosque y con su ciervo y sin el ser humano, tan jodidamente ridículo a sus dos putas patas y sin pelo en el cuerpo. Les prendería fuego, de paso, a todos los primates para evitar la posibilidad de que apareciera otro bicho con esa absurda capacidad de pensar hacia atrás y hacia delante y de ponerse ropa encima. Os juro que lo haría si pudiera —levantó el vaso como haciendo un brindis y se rió sin humor—. Por suerte para la humanidad, no me ha tocado ser científico nuclear ni presidente de los Estados Unidos de América.
—Álex. Yo también pienso así —asintió Mónica alzando la bebida para entrechocarla—. De verdad.
Él reventó en risas. No acercó su copa.
—Lo pongo seriamente en duda, princesa.
—No, en serio. Te lo juro. No era capaz de ponerlo con palabras, como tú, pero creo que el ser humano es un error de la naturaleza.
Rebeca estaba considerando la idea con intensidad.
—Pero la Naturaleza no se equivoca…
—La naturaleza no piensa —zanjó Álex—. No empieces a hablarme de Gaia que me entran arcadas.
Y así era, no sólo por el tema de conversación. Intentó hacer recuento de lo que llevaba encima: una botella de whisky —joder—; una cerveza —contó—; algo de ginebra —poca—; copa y pico, largo, de ron…
—Oye, se me olvidaba… —intervino Mon.
—No, princesa. No vamos a quitarnos la ropa y contarnos las cicatrices, lo siento, por mucho que te ponga.
—Imbécil —se rió mientras se ponía muy roja—. No es eso. ¿No puedes hablar en serio un rato?
—¡Joder! Llevo haciéndolo toda la puta noche. Venga. Dime.
—Álex, yo lo que no entiendo es por qué no te suicidas.
—Verás —adoptó un tono paciente—, tienes que comprender que no a todo el mundo se le pone dura cuando piensa en meterse el cañón de una pistola en la boca. No seas intolerante y respeta a los que no somos como tú.
—Vete a la mierda —respondió sin dejar de reírse— ¿Por qué no me contestas? Lo entiendo todo, estoy de acuerdo y me parece la hostia —bajó la mirada y se llevó la palma de la mano derecha al corazón, como si estuviera recitando el Yo confieso cristiano—. Álex. Yo creo. Pero hay una sola cosa que no encaja: ¿por qué no te matas y vas a por otro cuanto antes?
Él jugueteó con el tapón de una botella. Echó el aire de forma silbante. Esquivó la mirada de las chicas, que tenían los ojos fijos en su figura, como si él fuera todo su universo. La cabeza le daba vueltas, pero aún tenía vagamente el control. Podía callarse si quería. No tenía por qué responder a eso.
—Porque tengo miedo —admitió al final. Mónica le contemplaba con una sonrisa amistosa de comprensión que le tocó la moral profundamente—. No, no es por lo que crees. Qué cosa más fácil que abrir una ventana y tirarse, no jodas. Se acabaron todos los problemas. Pero si yo me matara ahora… No estoy seguro de quién ganaría. ¿Y si gana el hombre? ¿Y si he domesticado al lobo que llevo dentro? ¿Y si yo no soy el animal? ¿Y si el dios es el otro, el que me devora? ¿Por qué lo trato en tercera persona, como si yo fuera el hombre? ¿Y si…? —las contempló y suspiró. Hundió los hombros—. No lo entenderíais. Con la edad, toda la miserable humanidad va saliendo a flote, y las ideas de libertad, independencia, moral, caza, comida, apareamiento, se complican, y ya no se puede ser tan puro como entonces —sacó un pitillo y se frotó los ojos—. No sabéis la suerte que tenéis. Estáis en vuestros años brillantes, de los quince a los veinte, en que todo es claro como la luz, en que todo tiene sentido, todo es blanco o negro y todo está colocado en su sitio. Luego se enturbian las cosas y se mezclan. Cuando estaba en el instituto, yo era el lobo. Estaba clarísimo. Ahora… no estoy seguro —encendió el cigarro, pero le supo a cartón mojado. Se obstinó en fumárselo, pese a la saturación de nicotina de sus pulmones y garganta—. Me está matando por dentro dar la talla. No domesticarme. No puedo hacer nada, sólo rezar… No: rezar es usarlo, es utilizar algo elevado para propósitos mezquinos —se contradijo en un murmullo rápido—; ni siquiera rezar puedo… Sólo me queda desear que el lobo siga dentro de mí, grande, glorioso y lleno de rabia contra el ser humano. Pero ya no lo siento. Tengo que obligarme. Además… cabe la posibilidad de que esté luchando en el bando equivocado… Quiero decir; ¿dónde está mi conciencia? ¿Y si yo no soy el lobo? ¿Y si no soy más que el hombre miserable? ¿Y si no soy yo el que seguiré y me sobreviviré, el que atacaré a otro…? Ya no tiene tanta gracia, ¿verdad? Algo que te da fuerza acaba por devorarte. Ya no es reconfortante; es perturbador —aspiró el humo y dejó colgando los brazos sobre las rodillas—. No me importa. Aunque sea por orgullo, creo. Creo aunque me destroce. Una cosa es cierta: yo detesto a todos mis semejantes y lucharía hasta la muerte porque desaparecieran de la tierra. Si soy el hombre, rindo el cuello para que me lo rompa a mordiscos. Si soy el lobo, bendito sea.
Levantó la cabeza y las observó con atención por vez primera. Ellas se lo estaban bebiendo igual que el alcohol, con los ojos dilatados por los estupefacientes y la sensibilidad tan tierna y abierta como las pupilas.
—Joder, Álex. Es la polla —declaró Mónica emocionada—. Es precioso, tío. ¿Y tú dices que no sabes si eres el lobo? A mí me parece que está clarísimo.
Le cruzó la cara un rictus de desagrado, como una corriente eléctrica. Se revolvió. Con el entendimiento tan pastoso como la voz, se preguntó de pronto qué estaba haciendo ahí vomitando sus demonios. Las chicas reían entre ellas y compartían un cigarro en lugar de encenderse uno cada una. Mónica admitió que iba fatal y que debería ir al baño para bajarlo.
—Estoy haciendo el gilipollas… —dijo Álex de pronto, sin venir a cuento.
Se incorporó como una marioneta que levantan con cuerdas y se cayó contra la pared. Con una mano palpando el muro, cogió el pomo y salió sin dar más explicaciones. Después de echar una meada interminable, se lanzó sobre las sábanas.
—¿Álex?
Él cerró la puerta de una patada desde la cama.
Cuando despertó, la cabeza le palpitaba sordamente, la luz daba de pleno y las niñas ya se habían marchado. Le habían dejado una hoja de cuaderno con unas palabras de agradecimiento —gracias por todo en caligrafía redonda e irregular— debajo de una botella nueva de J&B. Al ir a guardarla se cayó el papel al suelo, y vio que habían escrito la nota en la parte de atrás de la ouija.
© Álvaro Naira
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